Sonia Natalia Cogollo Ospina

Universidad de Antioquía, Colombia.

Nicolasa María Durán Palacio

Universidad Católica de Oriente, Colombia.

Resumen

El proyecto de una psicología que se precie de llamarse latinoamericana solo será posible en la medida en que se interroguen los modelos que han configurado, en distintos niveles (intervención en distintos campos, áreas de conocimiento, etc.), la formación y la actividad de los psicólogos en nuestro contexto. Una interrogación crítica permitirá circunscribir las particularidades de tal psicología.

Para promover el debate en esta perspectiva, nuestra propuesta incursiona en dos ejes temáticos del congreso: el de la formación en psicología clínica y el de la formación del psicólogo en América Latina. Para tratar cada uno de estos ejes se procede del siguiente modo: en un principio se analiza la situación de la formación del psicólogo en el campo clínico en la perspectiva de un modelo comunitario y como alternativa frente al clásico modelo higienista que ha colonizado este campo y, en segundo lugar, se presenta la propuesta de una formación que parte de considerar que el área de la estética es fundamental para pensar, comprender e intervenir, de manera contextualizada, los problemas a los que debe dar respuesta la psicología latinoamericana en la medida en que la psicología estética posibilita el uso de la imaginación para acercarse al sentimiento de empatía y recupera el sentimiento de comunidad que se ha perdido en estos tiempos donde se privilegian el individualismo y el egoísmo.

Palabras clave: formación, psicología clínica, estética.

 

Abstract

The project of a psychology that claims to call latinamerican is only possible to the extent that interrogate the models are configured at different levels (intervention in various fields, areas of expertise, etc). The formation and activity of psychologists in our context. A critical interrogation will circumscribe the particularities of such psychology.

 To promote discussion in this perspective, our proposed ventures into two themes of the conference: the clinical psychology training and the training of psychologists in Latin America. To address each of these axes of it from the following way: at first we analyze the state of training of psychologists in the clinical field in the perspective of a community model and as an alternative to the classic model hygienist that has colonized this field and, secondly, there is the proposal of a formation by considering that the area of aesthetics is critical to think, understand and intervene, contextualized manner, the problems that must respond Latin American psychology in the extent that aesthetic psychology enables the use of imagination to come to the feeling of empathy and recover the sense of community that has been lost in these times that privileges individualism and selfishness.

Key Words: formation, clinical psychology, aesthetics

Antecedentes y planteamiento del problema

Cuando hacemos un recorrido por la historia de la psicología podemos, en primer lugar, darnos cuenta de que, aún con los antecedentes filosóficos de larga data que la preceden, es una disciplina de corta edad, como planteó Hermann Ebbinghaus en su Compendio de psicología: “La psicología tiene un largo pasado, pero apenas una breve historia”1; lo que se hace superlativo al referirnos a la psicología aplicada. Si esto lo miramos con relación a América Latina, se abrevia todavía más, pues aunque algunos psicólogos latinoamericanos han hecho sus aportes a pensar nuestra particularidad, nuestra identidad y nuestros problemas, la deuda de establecer una psicología contextualizada a la realidad latinoamericana no se ha saldado.

Pero, para entender el porqué de esta deuda, recordemos la caracterización que ha realizado Reynaldo Alarcón de la psicología latinoamericana: 1) su interés en hacer una psicología empírica, liberada de la filosofía; 2) su carácter dependiente, pues ha partido principalmente de teorías importadas, de autores europeos y anglosajones; esto ha llevado a la tercera característica: 3) escasa originalidad; 4) relevancia social, esto es, interesada en los problemas sociales que la llevaron a la investigación-acción, al compromiso político y al desarrollo de una psicología social comunitaria; 5) la preferencia por la psicología aplicada que atienda a la solución de problemas específicos; 6) el ser humano como problema central (Ardila, 2004, pp. 317-318).

Las características anteriores necesariamente se han visto reflejadas en la academia; en los pensums la cuestión compleja de la enseñanza/ aprendizaje de la psicología ha sido cuestionada con asiduidad, estudiada durante las dos últimas décadas; estos estudios se han centrado casi en su totalidad en dos aspectos recurrentes: 1) análisis históricos del desarrollo disciplinar dentro y fuera de los países; 2) los lineamientos y políticas que regulan la calidad de la educación superior en psicología. Para el caso particular de Colombia, aún carecemos de un modelo básico de formación profesional para psicólogos(as) colombianos(as), con la diversidad que caracteriza a esta nación, que los habilite para ajustar su saber en respuesta a las necesidades de los contextos diversos en los que se solicita su intervención profesional, a la vez que se hace necesario situar estas demandas y las consiguientes acciones en un contexto internacional globalizado. Esta situación exige la construcción, despliegue y fortalecimiento de competencias profesionales que en la actualidad no están claramente delimitadas en las ofertas académicas de pregrado y posgrado en psicología.

Si bien existen unos estándares de calidad de los programas de psicología en el país, descritos en la resolución 3461 de 2003, y la Asociación Colombiana de Facultades de Psicología (ASCOFAPSI) recién hizo público el documento “Propuesta preliminar para la discusión sobre la competencias disciplinares y profesionales del psicólogo en Colombia”, estas competencias resultan genéricas para la formación, desconociendo las particularidades de los contextos en los que están insertas las facultades de psicología del país, además de las complejidades de las situaciones problemáticas a las que se enfrentan los profesionales en cada región y subregión. Estas competencias genéricas terminan ajustadas a las exigencias generales del Decreto 3963 de 2009 de evaluación y no existe una preocupación por una revisión crítica de las experiencias profesionales en los distintos contextos, que sirvan de fundamento para las renovaciones curriculares y la creación de estrategias formativas que permitan la adquisición y el desarrollo de las competencias de psicólogos para la acción psicosocial en Colombia, sin desconocer el contexto internacional globalizado. Los sistemas de Educación Superior en Colombia han sufrido grandes transformaciones, especialmente en las dos últimas décadas. Tales transformaciones están relacionadas con las demandas de educación postsecundaria y postgradual, así como a las exigencias de los sistemas y estándares de calidad institucional. No obstante, estos cambios también obedecen a las profundas transformaciones que hoy experimentamos en contextos sociales altamente cambiantes, propios de la globalización que ha puesto a prueba los paradigmas imperantes sobre las lógicas de la cualificación profesional en las universidades, de hecho la condición de cambio, en contraste con la de estatismo, es la que caracteriza nuestra sociedad hoy; las instituciones saben que tienen que cambiar, pero pocas veces se tienen certezas hacia dónde hay que hacerlo. Esta situación trastoca no solo las lógicas de la formación profesional, sino incluso las lógicas de la vida en común. Ya no es posible sostener ideas o nociones como la de un empleo permanente o de un trabajo para toda la vida, ni tampoco la vigencia ahistórica del conocimiento emanado de las disciplinas especializadas y fragmentadas.

La reflexión sobre la formación de psicólogas y psicólogos en Colombia no es nueva, la Asociación de Facultades de Psicología ha adelantado hace más de una década una serie de discusiones y reflexiones al respecto; por otro lado, el Colegio Colombiano de Psicólogos también recientemente se ha dado a la tarea de aportar y soportar estas discusiones a través del trabajo en sus Divisiones científicas, académicas y ética. Según Peña (2007), existen tres modelos de formación de psicólogos a nivel de pregrado: el modelo disciplinar profesional, el profesional y el de concentración en psicología. Al parecer de este mismo autor el modelo de formación vigente en Colombia se asemeja al modelo disciplinario-profesional, en el que se ofrece un programa de cuatro a cinco años con el propósito de prometer una sólida formación básica en la disciplina: procesos básicos, personalidad, desarrollo, psicología social, estadística y psicometría. Es usual que haya dos o tres semestres de prácticas y, en la mayor parte de los casos, un ejercicio investigativo que sirve de trabajo de grado; luego del cumplimiento satisfactorio de estos requisitos, se obtiene el título de psicólogo o profesional en psicología. Ahora bien, conviene preguntarse si este es el modelo de formación de psicólogos que necesitamos en Colombia en la actualidad.

Pese a que hemos hecho una caracterización de la situación de la formación de psicólogos en Colombia, imaginamos que la situación es bastante similar en Latinoamérica. De manera semejante a la conquista española, la psicología llegó, nos fue traída, fuimos evangelizados, con una psicología y un psicoanálisis, desarrollados y pensados para las culturas anglosajonas y europeas, y ceñidas a clases sociales privilegiadas: una élite académica y una burguesía científica. En concordancia con lo anterior, conviene preguntarnos si nuestros programas de psicología en Latinoamérica, las propuestas formativas y las acciones académicas, se ajustan a las necesidades del contexto social específico (conflicto armado, inequidad de género, desempleo, drogodependencias, vulneración de derechos fundamentales, marginalidad, desplazamientos forzados silenciados, desprotección de la niñez, entre otros), a la vez que permitan reflexiones más amplias sobre lo que acontece a nivel nacional e internacional (crisis humanitarias surgidas por desastres naturales, terrorismo, choque entre culturas, crisis económicas, hambrunas, explotación y esclavitud). ¿Debemos mirar las formas como se educan y profesionalizan los psicólogos en Norteamérica y en Europa? Tal vez convenga preguntarnos por el impacto de nuestro quehacer disciplinario y profesional en países latinoamericanos y del Caribe. Al parecer de Martín-Baró (1987), como se cita en Robledo (2008), el desarrollo de la psicología contemporánea ha estado intrínsecamente vinculado al de las sociedades occidentales. No se trata solo de que las principales elaboraciones de lo que hoy constituye el cuerpo central de la psicología hayan sido realizadas en los centros intelectuales de Europa y Estados Unidos; se trata de que esa elaboración ha constituido una respuesta más o menos intencional a los problemas humanos que surgían con el desarrollo económico y social de esos países.

Nos urge mirar de manera crítica la psicología que hacemos, los profesionales de la psicología que somos y formamos, lo que nos permitirá ver las relaciones estructurales entre las condiciones socio- históricas, políticas y económicas de nuestras sociedades latinoamericanas y nuestros discursos psicológicos. De esta manera solo es posible reconocer las implicaciones que para nuestra disciplina han tenido las formas dominantes de conocimiento originadas en los países del “centro”, y en su pretensión hegemónica y universalista de imponer su concepción del sistema-mundo y del sistema-hombre/mujer/niños/jóvenes/ancianos a los países de la “periferia”.

Para la psicología hecha en Latinoamérica esta mirada urgente insta a examinar las significaciones de los sistemas desde donde se nos transmiten los estándares de calidad, de pertinencia y eficacia; los significados desde donde construimos nuestros mundos privados y públicos, a preguntarnos por las formas de vida que nos constituyen y atraviesan nuestras subjetividades. Por tanto la tarea de la psicología hoy estriba en analizar, reflexionar y juzgar lo que de ideológico e ideologizante hay en las nociones de comportamiento humano tanto de las personas como de los grupos; pensar críticamente en la historia concreta, circunstancias y situación específica de nuestros contextos sociales latinoamericanos, las ideologías legitimadas por el discurso psicológico que ha llegado a Latinoamérica, que han justificado y justifican un sistema de relaciones sociales explotadoras, opresivas, manipuladoras, injustas que se han enraizado en la mayoría de nuestras actividades de la vida cotidiana y que fundamentan la pasividad, la deshonestidad, la inmoralidad, la sumisión y el fatalismo violento de nuestras comunidades. Esta manera de mirar la disciplina desde la crítica, la formación y el quehacer profesional supone un compromiso y el inicio de una forma de conocimiento surgido y fundamentado en las praxis sociales pensadas, analizadas y transformadas / transformadoras.

Tales situaciones desbordan las fronteras reflexivas de la disciplina psicológica y requieren una revisión crítica de lo que hacemos, cómo lo hcemos y para qué lo hacemos, preguntarnos cómo actuamos en el marco de las crisis sociales y políticas que nos habitan. En ese sentido deviene pertinente una clínica psicológica comunitaria, pero ¿cómo hablar de comunidad cuando nos han enseñado a privilegiar el individualismo y precisamente la psicología dominante se ha encargado de propender la focalización en el individuo? Si examinamos con detenimiento la situación latinoamericana encontramos que son más los problemas comunes que las diferencias; el complejo de inferioridad y la falta de identidad son los que contribuyen en gran medida a que se replique el saber dominante y no se crea en la producción propia. Como lo plantea Jorge Molina Áviles (2009) “la identidad es necesaria y es previa a la solidaridad”.

Identidad y sentimiento de comunidad irían entrelazadas y llevarían a la solidaridad; en palabras de Alfred Adler, el sentimiento de comunidad es:

[una] propiedad ante todo del hombre que participa en el juego y que se identifica con el prójimo; del hombre que tiene verdadero interés en la feliz solución de todos los problemas de la humanidad, que mira como cosa propia el futuro de todo acontecer humano, y le atrae por igual tanto si se trata de la historia de la humanidad como de la suerte de un solo individuo. (Adler, 1935 / 1959, p. 25).

El sentimiento de comunidad, en tiempos donde se privilegia el individualismo y el narcisismo, parece difícil, no obstante, en la medida en que apelemos a las necesidades y emociones humanas, la tarea se hace plausible. Vygotsky se refería al arte como la “técnica social del sentimiento” (2005, p. 19), lo que es interesante analizar puesto que resalta con esa expresión que a través del arte los seres humanos se conectan a partir de los sentimientos que les genera una obra, pero no por contagio sino porque la obra de arte es capaz de transformar las emociones cotidianas en algo sublime, en una verdad más elevada, por encima de los sentimientos individuales, para reconocer que esos sentimientos se tornan sociales. Entonces, uniendo los planteamientos de Adler y Vygotsky, tenemos que mediante las artes, de las emociones que suscitan, y gracias a la voluntad de las personas de dejarse impregnar por ellas,2 es posible generar un sentimiento de comunidad. Sin hablar en términos de “sentimiento de comunidad”, la filósofa norteamericana Martha Nussbaum parece coincidir con Adler cuando habla de la importancia de educar a los niños y adolescentes para que sean “ciudadanos del mundo”, con la capacidad de reflexionar y comprender problemas no solo de orden local y nacional sino global e internacional. En Sin fines de lucro (2011), Nussbaum hace una defensa de una educación que incluya las artes y las humanidades porque facilitan “la capacidad de desarrollar un pensamiento crítico; la capacidad de trascender las lealtades nacionales y de afrontar los problemas internacionales como ‘ciudadanos del mundo’; y, por último, la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo” (2011, p. 26).

Pero detengámonos en esas capacidades cuyo desarrollo es potenciado por las artes para incrementarlas en conjunción con la psicología. Con todo, conviene destacar que la noción misma de desarrollo es problemática, lamentablemente la psicología científica ha reducido esta compleja noción y la ha circunscrito a la palabra progreso. En sus orígenes el desarrollo, el decursus latino, no podría ser concebido sin otras nociones que lo componían: explicatio, acumulatio y progresus. Explicatio hace referencia a la manera peculiar como algo se desenvuelve, como se desenrolla lo que está replegado en sí mismo; nadie sabía, nadie conocía en qué sentido se daba ese despliegue, de tal manera que este acontecer era imprevisible, podía asombrar o dejar perplejas a las personas. Por su parte, acumulatio alude a las condiciones ambientales humanas necesarias para ese despliegue, podríamos decir, recordando a Winnicott que nos hacemos personas en compañía de otros y en ciertas circunstancias. Por último, el progresus se concebía como trascendencia, el sujeto superándose a sí mismo y desde sí mismo, acción que solo terminaba con la muerte. La psicología, en conjunción con las artes, entonces, llamaría a la diversidad, consecuentemente con la noción de explicatio, a la semejanza con la acumulatio y al derecho a tener derechos, a la originalidad y la imprevisibilidad de las acciones humanas en consonancia con la idea de progresus. Desafortunadamente, la idea de progreso se subyugó solo al crecimiento económico y a la acumulación de capital y en ello la psicología ha tenido su parte, ideologizando con esta concepción la llamada psicología del desarrollo en donde se evalúa el desarrollo en la vía del “deber ser” y el “deber tener”.

Propuesta de formación en una psicología clínico-estética

Ante los problemas ya enunciados respecto a la formación y a la configuración de la psicología latinoamericana, proponemos una alternativa de trabajo en que se conjugue arte y psicología acompañando el surgimiento y el despliegue de tres capacidades humanas necesarias para el fomento de la democracia en el sentido de comunidad, que requiere de un trabajo interdisciplinario, complejo que implica el diálogo de la psicología con otras disciplinas de las humanidades, las ciencias sociales y las artes.

1. Desarrollo del pensamiento crítico

Por pensamiento crítico aquí vamos a entender la capacidad para argumentar, debatir y reflexionar por cuenta propia sobre cuestiones políticas, económicas, teóricas, orientados por la falseabilidad de las teorías, sin creer a ciegas en argumentos de autoridad o en las tradiciones. Entonces, ¿de qué manera las artes pueden fomentarlo?

No es ninguna novedad que la literatura o el cine, por ejemplo, nos ponen en contacto con situaciones que para nosotros pueden ser desconocidas porque no las hemos vivido en carne propia. Así, aunque resulte extraño a nuestra cotidianidad, podemos sumergirnos en las vivencias de los niños en medio de la guerra, gracias a películas como La infancia de Iván (1962) Las tortugas también vuelan (2004), Voces inocentes (2004) o Los colores de la montaña (2011). Todas estas películas privilegian el punto de vista de los niños en medio de la guerra y permiten que, por un lado nos demos cuenta de que precisamente los niños son utilizados por los adultos para ser más efectivos en ella por sus movimientos rápidos, su habilidad para esconderse, para pasar por lugares inalcanzables para los adultos y que además pueden llegar a ser más crueles; pero también nos conmueven con esa mirada inocente que es sobresaltada por la dura realidad y con la cual son forzados a afrontarla con los recursos de que dispongan. En La infancia de Iván y Voces inocentes la actuación de los niños en la guerra es directa y se trata de situaciones de vida o muerte; mientras que en Las tortugas también vuelan y Los colores de la montaña, los niños deben enfrentar las consecuencias de la guerra y el conflicto, dejar a un lado sus intereses por los juegos, para abrir los ojos a la realidad y procurar sobrevivir, del modo que cada uno encuentre, Kak Satélite lo encontrará como líder de los huérfanos de su comunidad y con una fuente de empleo sui generis –desactivando minas antipersonales para venderlas en el mercado negro– y Manuel, luego de perder su balón y a su padre, encontrará que la única forma segura de sobrevivir es la decisión que ha tomado su madre de huir de su hogar natal para ser unos desplazados más en la urbe. Si bien este tipo de películas versan sobre temas crueles, consiguen que esa realidad lejana para muchos se haga un poco más cercana. Ese, verbigracia, ha sido uno de los logros de la película colombiana de Carlos César Arbeláez, pues las personas citadinas, ajenas al conflicto, incluidos los niños, han logrado percatarse de ello de una manera sensible, para nada morbosa (como sí suele suceder en los noticieros), que ha permitido dejar a un lado la negación y reflexionar sobre este problema y para ello la misma forma de narrar la historia y las imágenes seleccionadas, han sido de mucha ayuda.

En la medida en que el doble movimiento de identificación y distanciamiento (Mitry, 1963/2002; Brecht, 1970) se da con las obras, las personas pueden preguntarse, reflexionar sobre esas situaciones que podrían darse en sus vidas, de las que pueden estar advertidos y sentar una posición moral o ética ante ellas. Igualmente esa identificación/distanciamiento permite que si la persona vive una situación similar a la retratada pueda ser más crítica ante ella al reflejarla o proyectarla en el o los personajes de la obra. Sin embargo, para redondear mejor la idea sobre el fortalecimiento del pensamiento crítico y cómo este consolida la democracia, podemos cederle la palabra al Nobel de literatura de 2010, Mario Vargas Llosa, quien en su discurso de aceptación del premio dio cuenta de lo que hace la literatura por los seres humanos:

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor (Vargas Llosa, 2010, pp. 2-3).

De manera particular, el razonamiento clínico, liberado del modelo médico, supone un examen constante de las condiciones de acción del clínico en el marco de la institucionalidad estatal y de las solicitudes por parte de las políticas de gobierno hacia la psicología. El hablar de una actitud crítica frente a la disciplina y su campo clínico, no supone un solo discurso, por el contrario, implica una serie de posturas y reflexiones que se caracterizan por mantener un vínculo dialógico estrecho con las artes y las humanidades para promover el cultivo del pensamiento crítico, la capacidad de imaginar modos posibles de existencia no encapsulados en una idea de existencia general normal, de imaginar la variedad de las experiencias humanas en la complejidad de nuestro mundo y de la íntima sinergia que existe entre salud mental y derechos humanos.

2. Afrontar los problemas como ciudadanos latinoamericanos, “ciudadanos del mundo”.

En gran parte, muchas de las guerras que se han dado a lo largo de la historia han sido por luchas de poder, para apropiarse de territorios, por la demarcación de diferencias insalvables bien sea por raza, religión o ideologías. La estrategia siempre ha sido la de que un bando se sienta superior al otro, a ese otro lo despoje de su humanidad para luego justificar los actos que con él haga. Así tenemos el clásico ejemplo del holocausto nazi, en que los alemanes se consideraban superiores a los judíos y debían hacer prevalecer su raza, además de las medidas eugenésicas que adoptaron y el tratamiento a la población con algún tipo de diferencia –deficiencia para ellos– como los retrasados mentales, síndromes de Down y enfermos mentales; concebir a estas poblaciones como inferiores les dio motivos para que fueran exterminados o sometidos a experimentos antiéticos. Bajo su criterio, entonces, carecían de derechos, podían estar en una categoría de, digámoslo, no-personas. Al darles esa categoría podían ser objeto de vejámenes, humillaciones y torturas. Algo similar a lo que sucedió con la conquista española: los indígenas y los negros no poseían alma, entonces podían ser torturados, azotados, ellos les hacían un favor al evangelizarlos y exterminar todas sus costumbres “primitivas”. El tratamiento dicotómico salvaje/civilizado, primitivo/evolucionado ha causado una serie de injusticias a nivel global, ha impuesto unas visiones del mundo dominantes sobre otras, en un ejercicio autoritario de la cultura, donde son negadas o silenciadas las pluralidades, la diversidad.

En materia de psicología, esto no ha sido una excepción. Lo que se ha dado en nuestra disciplina es una “conquista” en el terreno del saber. En Latinoamérica se tiende a reproducir la psicología de los países desarrollados, hegemónicos, que controlan el mundo económica e ideológicamente. Esa dominación pasa también por lo que se tiene por “científicamente correcto”, ya Habermas (1968/1997) había llamado la atención sobre la ilusión objetivista y la dicotomía entre conocimientos e intereses. No hay conocimiento que no esté orientado por intereses particulares; si bien en América Latina no ha faltado el espíritu crítico, aún necesitamos decantar estas teorías científicas y examinar con lupa las teorizaciones y experiencias propias para aportar a la disciplina, sin complejos de inferioridad.

Algo que en ese sentido enseñan las artes es el diálogo permanente entre lo universal y lo particular, que bien podríamos aprehender y aprender en psicología: cómo una experiencia particular encierra en sí algo universalizable. Arriba mencionábamos algunos de nuestros peculiares problemas, pero aunque tengan un contexto particular, asuntos como el conflicto, la violencia, la pobreza, el desempleo también se presentan en otras latitudes, lo que hace de estos problemas peculiares, asuntos que competen a la humanidad en cualquier lugar del mundo; lo importante, por consiguiente, es comprender esos problemas en ese diálogo entre lo particular y lo universal, sin descuidar nunca el contexto.

Las artes, al apelar en un primer momento a la emoción, relevan lo que en común tenemos los seres humanos, independiente de nuestro origen, procedencia, nacionalidad, raza. De esta manera, si tomamos una obra universal como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Steven- son, encontramos que, a pesar de que se desarrolle en Londres, es una obra que refleja la pugna que tiene todo ser humano entre el actuar correctamente, ser un hombre de bien, y su lado oscuro, oculto o hide (homofonía de la otra personalidad del protagonista)3. Esa lucha es universal y no corresponde a un único ciudadano londinense o a uno europeo, sino que la encontramos en los latinoamericanos, africanos, norteamericanos, asiáticos, etc. Al tomar ese asunto de foco, tenemos la posibilidad de acercarnos a seres de otras latitudes como seres humanos, como personas, sin darle importancia a su origen, edad, género, raza, elección sexual o religión, en una aproximación a la noción de “ciudadano del mundo” o de “sentimiento de comunidad”. Apelando a estos sentimientos, es más fácil comprender genocidios como el de Ruanda tan bien recreado en la película Hotel Rwanda (2004), que igualmente resalta la labor de Paul Rusesabagina de salvar al menos mil doscientas personas de la matanza, sin distinción entre tutsis y hutus. Esta cinta que además está basada en un hecho real, muestra cómo incluso en las peores circunstancias una persona con suficiente pensamiento crítico y con ese sentimiento de comunidad adleriano es capaz de interponerse a las órdenes superiores para salvaguardar a sus pares en una situación que compromete su propia vida. Los acercamientos de este tipo a realidades poco más o menos conocidas, nos permite además estar advertidos de lo que ha sucedido en otras esferas y de lo que puede llegar a suceder en caso de que permanezcamos en esa obsesión de concentrarnos en las diferencias –muchas veces establecidas artificialmente– más que en las semejanzas.

El razonamiento clínico desde esta dimensión de ciudadanos latinoamericanos y de ciudadanos del mundo, estaría caracterizado por una formación psicológica no alejada de los debates políticos y de las consecuencias de los dilemas sociales en las subjetividades. La clínica psicológica sería entonces un campo de encuentro y discusión permanente, de lecturas posibles como visiones de realidades relacionales haya, no obstante, este proceso de razonamiento clínico solo sería posible conformarlo como un campo con esferas dinámicas y complejas, en construcción y movimiento.

Imaginar las dificultades del prójimo.

En este sentido, la literatura, el teatro, el juego y el cine, son fundamentales para fomentar esa capacidad. Mediante la identificación, a un personaje lo acompañamos, hacemos como si fuéramos él o ella, mecanismo que ilustra de manera maravillosa La historia interminable de Michael Ende, en que Bastián se compenetra con lo que le pasa a Atreyu, hasta que la continuación de la historia misma de- pende de su participación activa en el mundo de Fantasía.4 Antes de esa exigencia, Bastián lloró cuando Atreyu perdió a su caballo en el pantano de la tristeza; de igual modo algunas escenas le recordaban sus propios miedos como cuando estuvo en la clínica mientras operaban a su madre, situación que es evocada a partir de la enfermedad de la Emperatriz infantil de Fantasía.

En el teatro, Bertolt Brecht insistió en ese doble juego de identificación/distanciamiento para que las personas no se quedaran embebidas en la identificación sino que pudieran reflexionar sobre la situación tema que trataba, para ello recurría a exagerar la iluminación, a que los actores se dirigieran al público, o podía interrumpir un diálogo con una canción. Cabe señalar que a nuestro parecer, estos artificios no son necesarios porque, por lo general, al asistir a cualquier espectáculo teatral o cinematográfico estamos oscilando continuamente entre la identificación y el distanciamiento. En cambio, sí es importante enfatizar en la propiedad de imaginar otras situaciones, por difíciles, distantes o dolorosas que sean, la capacidad de aproximarse a lo que otro siente, piensa, vive, sin mediar el que ese otro sea distinto. Es allí donde está la potencia de las artes en cuanto a conseguir esa aproximación, porque si vemos cintas como Yo, también (2009) o Black (2005) tenemos una idea cercana a lo que sufre un síndrome de Down a quien se le niegan sus derechos más esenciales y humanos: la sexualidad, la aceptación en una sociedad que lo condena al fracaso desde que nace, en el caso de Yo, también, título con el que se invita al espectador a que complete su sentido, con frases que bien podrían ser del caso tales como: “Yo, también… soy una persona”, “Yo, también, puedo amar”, “Yo, también, pienso, trabajo, leo, estudio” y así en un largo etcétera. Por otra parte, Black con un tratamiento elocuente en sus imágenes, en situaciones límite, frente a la discapacidad auditiva y visual, supone el enfrentamiento del espectador con sus prejuicios y aprender que los limitados visuales y auditivos, si bien tienen muchas restricciones, no están condenados al ostracismo, que pueden y tienen las capacidades para estudiar, socializar, conocer el mundo. En gran parte, como lo muestran estos filmes, la limitación está en la sociedad, en las pocas oportunidades que se les brinda a estas personas para que puedan desarrollarse de manera igualitaria, respetándoseles los derechos a la educación, la sexualidad, la intimidad, la dignidad, el trabajo. En medio de esas circunstancias poco favorables, es posible imaginar las dificultades de las minorías o de las personas segregadas por algún motivo. La imaginación se torna en un preámbulo, ligado a la sensibilidad y al sentimiento de comunidad, para ejercer activamente la solidaridad o para actuar de manera distinta a la común y generalizada, a saber, ser un disidente que permita que otros que no estaban de acuerdo con la política mayoritaria se sumen a un pequeño cambio social, haciendo eco de las investigaciones realizadas por Solomon Asch (citadas por Nussbaum, 2011, pp. 69-70).

Al imaginar cómo los psicólogos formados en esta perspectiva podrían figurarse las dificultades del prójimo, incluimos en la noción de razonamiento clínico al menos dos dimensiones: entendemos por ello un proceso de investigación: una mirada expectante, la contemplación de las variaciones de los fenómenos humanos, una recolección de datos desde esa experiencia contemplativa, identificación de contextos, niveles de organización5 incluyendo procesos de desarrollo, referentes conceptuales y modelos o paradigmas de la realidad. La otra dimensión fundamental de la clínica la constituye un contexto relacional: la clínica no es posible fuera de una relación con el otro: necesariamente implica participación. Estamos implicados. Una consideración pertinente al tema de las escuelas terapéuticas es que los datos clínicos no son separables de la o las teorías, en tanto una teoría implica un lugar, un lenguaje, una red de conceptos articulados, desde donde se conceptualiza o se simboliza una realidad relacional. En el caso de la clínica, serían modalidades de organización humana, en contextos relacionales, de los cuales el clínico forma parte esencial.

En esta propuesta, es imposible por el momento concluir, apenas estamos esbozando una alternativa posible dentro de las tantas que podrían darse. No obstante, quisiéramos expresar las limitaciones de esta propuesta y algunas apreciaciones autocríticas sobre ella, a saber: esta propuesta puede tener el riesgo, razonable, de que al asumir una mirada clínico-estética de la praxis psicológica que todavía no está formalizada, nos conduzca a una acción sin criterios para ser evaluada, sujeta a una ética no colegiada. Sin embargo, esta propuesta apunta a todo lo contrario. Se busca que al considerar que estamos irremediablemente atravesados por nuestra subjetividad, por nuestra perspectiva, no nos condene a la inacción, sino que nos inste a una acción reflexiva, cuidadosa y responsable. Lo que hace es salvarnos de la mirada omnipotente de una última verdad y nos abre paso al trabajo de profesionales capaces de defender posiciones, al mismo tiempo de ser capaces de escuchar las opiniones alternativas y considerarlas. Nos fuerza a identificar nuestras influencias y preferencias, nos obliga a someterlas a discusión y evaluación, a construir espacios de diálogo reflexivos, que nos ayuden a ver las consecuencias de concebir el mundo desde nuestra perspectiva y a someterla a debate con perspectivas distintas; nos exige declarar nuestras opiniones para hacerlas más fiscalizables por aquellos que se acercan a pedirnos ayuda, nos constriñe a someter a negociación nuestras posiciones de poder. En resumen, a trabajar con la consciencia de estar influidos por un lugar y un tiempo; nos incluye en el debate social como seres falibles, incompletos. Pero, a la vez, reconocemos que inevitablemente ingresaremos en el discurso social, por lo tanto nos invita a hacerlo de manera más reflexiva y prudente. Esta es una posición que intenta hacer consciencia de nuestro poder dentro de las relaciones profesionales que establecemos y dentro del diálogo social en el cual estamos todos inmersos.

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Notas:

1La cita textual del alemán es la siguiente: “Die Psychologie hat eine lange Vergangenheit, doch nur eine kurze Ges- chichte” en Abriss der Psychologie, p. 8. La traducción al inglés realizada por Max Meyer reza: “Psychology has a long past, yet its real history is short” en Psychology: An Elementary Text Book (p. 3).

2Según Katya Mandoki esa voluntad es la estesis, es decir, la sensibilidad o condición de apertura del sujeto en tanto está expuesto a la vida: “Se trata, pues de la condición fundamental de todo ser viviente” (2006, p. 67).

3El señalamiento que hace esta novela sobre cómo el mal está en el interior del Dr. Jekyll, como puede estar en el de cualquier otro ser humano, es de relevancia suprema cuando recordamos con la psicología social y con muchos sucesos de la historia estadounidense, que se tiende a buscar en el otro, en el diferente, el mal y en el semejante y en lo propio, el bien; o si no, recordemos todas las prácticas de segregación, eugenesia y discriminación que se dieron en Estados Unidos con las pruebas de inteligencia aplicadas a inmigrantes en cabeza del psicólogo Henry H. Goddard entre los años 1910 y 1914. Con la aplicación de la pruebas de Binet-Simon y DeSanctis, no estandarizadas y adaptadas para los inmigrantes, estos resultaban, en su mayoría con un CI de “deficientes mentales” (Goddard, 1917), por ende, perjudiciales para el progreso de la nación estadounidense, lo que derivó en una legislación de inmigración altamente restrictiva.

4En la traducción de Miguel Sáenz va sin tilde, tal vez para enfatizar el hecho de que se trata de un lugar imaginario.

5La noción de organización psíquica permite pensar de formas más horizontales el problema de la diversidad de las estructuras, no solo desde el punto de vista de la polaridad salud/enfermedad o normalidad/patología. De esta manera, inclusive, es posible pensar intervenciones más ajustadas a la complejidad de la organización de los sujetos (identidad o personalidad) y no solo aquellas dictadas por sistemas de clasificación. Más aún, permite trabajar con organizaciones más allá de lo individual y enriquecer la perspectiva diagnóstica desde el inicio. (Schnitter, 2008).

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