Luciano Nicolás García

Argentina

Resumen

Este artículo propone analizar la producción de Aníbal Ponce dedicada a la psicología. Se rastrean tres tópicos en ella: la conformación de una psicología genética a partir de la perspectiva evolucionista de José Ingenieros; el estudio de la ontogénesis en niños y adolescentes a partir de las ideas de Jean Piaget, Lucien Lévy-Bruhl, y Alfred Adler; y sus ideas sobre la sociogénesis. A partir de ello, se reconsidera su relación con el positivismo, el marxismo, y se remarcan los cambios de temáticas y métodos en sus trabajos. Se sostiene un enfoque historiográfico que permita vincular su producción psicológica con el resto de su obra, con otras figuras y problemas. Se busca de este modo reubicar a Ponce en los estudios de la historia de la psicología en América Latina. A la vez, ampliar la indagación histórica a las nociones de desarrollo y sociabilidad que circularon en el mundo hispanoamericano.

Palabras clave: Desarrollo, Socialización, Positivismo, Marxismo.

Abstract

This article analyzes the psychological work of Aníbal Ponce. Three topics are considered: the constitution of a genetic psychology form the evolutionary standpoint of José Ingenieros; the use of Jean Piaget, Lucien Lévy-Bruhl, and Alfred Adler ideas in the study of ontogenesis in infants and adolescents; and his ideas on sociogenesis. Ponce's connection with Positivism and Marxism is reconsidered and changes in the themes and methods of inquire in his texts are emphasized. It is offered a historiographical approach that enables to relate his psychological production with the rest of his work and other authors and issues. This text tries to relocate Ponce in the studies of History of Psychology in Latin America, and at the same time, widen the historical research to incorporate the notions of development and sociability that circulated in Hispanic America.

Key Words: Development, Socialization, Positivism, Marxism.

Introducción

Aníbal Norberto Ponce (1898-1938) es reconocido como uno de los referentes del marxismo latinoamericano de la década de 1930. Su obra escrita fue amplia a pesar de su prematuro fallecimiento. La estrecha relación que mantuvo con José Ingenieros le permitió vincularse a diversos tópicos culturales, académicos, científicos y políticos. Entre estos tópicos, su interés por la psicología ocupa un lugar considerable en su producción –alrededor de un cuarto de esta–; constituyó el núcleo de su trabajo docente en el Instituto del Profesorado Secundario y el Colegio Libre de Estudios Superiores, y de su ejercicio médico en el Hospicio de las Mercedes. Sin embargo, esta zona de su pensamiento y actividad ha quedado eclipsada por el énfasis que diversos comentadores han puesto en su apropiación del marxismo europeo de entreguerras, tanto promotores (ej. Marinello, 1958; Troise, 1969), como críticos (ej. Terán, 1983; Aricó, 1988). En los últimos años los estudios históricos han recobrado interés por sus ideas, en particular por su rol de organizador de la intelectualidad antifascista argentina (ej. Arpini & Olalla, 2006; Falco, 2010) y por el modo en que Ernesto Che Guevara leyó sus obras (ej. Kohan, 2000; Woscoboinik, 2007). Sin embargo, esta nueva literatura tampoco se ocupó de sus textos psicológicos. Fuera de su discípulo Héctor Agosti, quien se encargó de la edición de las Obras Completas de Ponce, y de los psiquiatras ligados al Partido Comunista Argentino (PCA), como Jorge Thénon (1938) o César Cabral (1958), la producción psicológica de Ponce ha sido desestimada.

Si bien puede comprenderse que los tópicos de la psicología ponciana no sean una prioridad en la agenda de una historia político-intelectual del marxismo latinoamericano –como se verá, la vinculación entre psicología y marxismo fue algo que Ponce apenas insinuó–, más notable resulta que los historiadores de la psicología tampoco se han detenido sobre esta zona de su producción. Los pocos y dispersos trabajos hallados dedicados a la psicología ponciana o bien abordan de un modo parcial sus trabajos en función de otros tópicos (ej. Vezzetti, 1994, 1996), o bien realizan un recorrido general y poco sofisticado de ella (ej. Jardón, 2006; Woscoboinik, 2007). Este último tipo de trabajos tienden a considerar la psicología de Ponce como una teoría homogénea, autosuficiente y apegada en lo esencial al positivismo de principios de siglo xx. La referencia al positivismo suele ser problemática en tanto se le presenta como una perspectiva intelectual rígidamente empirista, experimentalista y, por lo tanto, excluyentemente naturalista. Esta caracterización simplifica hasta lo irreconocible un movimiento político y cultural muy difundido y diversificado en Europa y América, y por ello, complejo. Para el caso de Ponce, el término “positivismo” homogeneiza su obra con la de los más diversos autores en un período que se extiende en la Argentina desde 1880 hasta la década de 1940, lo que resulta en la pérdida de especificidad de su producción y por tanto de relevancia para el análisis historiográfico. De este modo, la literatura disponible sobre Ponce tiende a tratar sus trabajos psicológicos como una unidad autocontinente y aislada del resto de su obra, con poca o nula relevancia tanto por su falta de conexión con el marxismo como por ser un mero exponente de una psicología positivista más bien llana.

Este artículo se propone abordar la obra psicológica de Ponce desde una perspectiva que permita mostrar, en primer lugar, la diversidad y heterogeneidad de tópicos y referencias en ella, y en segundo lugar, señalar las conexiones de sus ideas psicológicas con el resto de su pensamiento. Aunque su psicología no tenga un contenido específicamente marxista, no por ello deja de ser productiva para el análisis histórico de la cultura de izquierda. Para esto, se divide la producción de Ponce en diversos momentos organizados a partir de los problemas psicológicos que motivaron sus escritos, al tiempo que se rastrea el modo en que Ponce se apropió de las ideas de diversos autores, en particular las de Jean Piaget y Lucien Lévy-Bruhl. En este sentido, se destaca el modo en que Ponce tematizó el problema del desarrollo psicológico en función de una psicología genética preexistente y de ciertas perspectivas sobre la organización de la sociedad. Aunque el análisis propuesto solo puede realizarse de un modo sucinto y un tanto esquemático en estas páginas, es posible ofrecer algunos elementos que impidan una caracterización simplista del positivismo de Ponce y que permitan reubicar al intelectual argentino dentro de los estudios de la historia de la psicología.

Las psicologías de Ponce

Los escasos comentadores de la psicología de Ponce suelen abonar el modo en que el argentino mismo diferenció su producción. En primer lugar, una etapa dedicada a la fisiología, la biología y la psicopatología, la cual ha sido señalada como evidencia de su positivismo típico debido a la insistencia en la experimentación. En segundo lugar, una etapa dedicada a la constitución de una psicología de las edades, que examina el desarrollo cognoscitivo y emocional del niño y del adolescente, así como los procesos de socialización. Esta separación, aunque admisible, resulta poco productiva. Un recorrido por los textos de Ponce revela una diversidad de temáticas, referencias y concepciones científicas que habilitan múltiples distinciones y ordenamientos. Por ejemplo, es posible ordenar la totalidad de su trabajo en función del problema de la socialización, de sus ideas evolucionistas, del desarrollo de la cognición y las emociones, del análisis clínico de lo normal y lo patológico, o de la conexión de sus trabajos psicológicos con los literarios.

En este artículo se organiza la obra psicológica del argentino en tres conjuntos: en primer lugar, sus primeros artículos sobre psicología, más ligados a tópicos fisiológicos y biológicos, desde los que se muestran las conexiones de sus ideas con la psicología genética de Ingenieros. En segundo lugar, los textos escritos de 1925 a 1931, donde fijó su interés en el estudio de la cognición en el niño y las emociones en el adolescente. Y en tercer lugar, los trabajos donde tematizó parcialmente las relaciones entre la psicología y los procesos sociales. No se asume que esta distinción sea la que mejor represente el trabajo conjunto de la obra de Ponce, mucho menos se busca dar una imagen de progresión consistente en sus ideas; se limita a tratar de mostrar la diversidad de su obra, los diversos puntos de continuidad y de ruptura entre los tópicos abordados, en pos de abrir dicha producción a una indagación histórica más sofisticada.

1. La biología y la psicología genética

Resulta fácil encontrar elementos de una concepción experimentalista más bien rígida en los primeros textos de Ponce. En ellos se adopta un monismo naturalista que hace de la fisiología la ciencia de la cual deben derivarse los conocimientos psicológicos. Confiado en el avance de los modelos psicofisiológicos de autores como Sherrington, Bejterev y Pavlov, no duda en sostener que “es la personalidad psíquica la última y más elevada manifestación del sistema nervioso”. Desde este punto de vista, la noción de individualidad quedaba resuelta en los siguientes términos: “individuo quiere decir unidad en las funciones, y esta unidad es la constante manifestación de lo que es fundamental en todo proceso biológico, la composición química de la materia viva” (Ponce 1921, p. 84).

Sin embargo, contra lo que aparenta, para Ponce esta homologación de la psiquis a la biología no supuso una supresión de los problemas de la psicología, sino más bien un punto de inicio para su tematización. El abordaje de problemas filosóficos desde una concepción biológica de la psicología muestra que el joven y pretencioso Ponce se hizo eco de las ideas de su mentor Ingenieros, especialmente de la obra Principios de psicología (1937 [1919]). Para Ingenieros, el valor de la psicología residía en su capacidad de proveer evidencias y materia de reflexión a la filosofía, de modo tal que se evite una especulación intuicionista. El joven Ponce adhirió a una concepción científica empirista y antimetafísica consonante a la propuesta de su maestro, como se deja leer en su prólogo a la Psicología de Amadeo Jaques: “Si [una] creencia correspondiera a alguna realidad, se desprendería naturalmente de los hechos; si no es así su existencia deviene por lo tanto cosa inútil” (Ponce 1922b, p. 13). Sin embargo, la psicología requería conectarse con la filosofía, en pos de no derivar en un empirismo infértil. Para Ingenieros, como para Ponce, la psicología obtendría su valor para abordar problemas filosóficos en la medida en que se consolide como una ciencia natural mediante la contrastación de hipótesis sobre la psiquis con evidencias biológicas. Este tipo de afirmaciones llevaron a los comentadores a destacar la filiación positivista de Ponce, aunque, en rigor de verdad, el argentino no se caracterizó por sostener una postura epistemológica de modo sistemático. Así como en el positivismo convivieron las más diversas definiciones sobre la ciencia, Ponce fluctuó en su postura. Poco tiempo después sostuvo:

La especialización, fruto del método experimental, independiza día a día materias hasta ayer unificadas, pero así se ha formado el tipo funesto de especialista estrecho y cerrado ... . La ciencia en cambio es coordinación: no junta, sino relaciona. Su objeto no es el hecho, es la ley. Todo progreso efectivo ha surgido siempre de una aproximación inesperada, y especializar demasiado equivale a impedir tan fecunda aproximación (Ponce, 1924, pp. 532-533, las cursivas son mías).

Queda claro que Ponce no adhería a un positivismo simplista apegado a la experimentación de laboratorio –de hecho, Ingenieros tampoco lo hacía–. Por el contrario, desde entonces hizo primar los aspectos teóricos de la actividad científica por sobre los procedimientos de obtención de evidencia.

Lo que no abandonó fue la idea de que la psicología como ciencia merecía una atención particular. En su ensayo biográfico sobre Ingenieros sostuvo que los intelectuales argentinos de fines de siglo xix hicieron del estudio de las ciencias naturales un legado cultural y que Ingenieros dedicó esfuerzos a la psiquiatría y psicología en tanto ello reviste “el interés inagotable de los mayores problemas. ... los desarreglos del funcionamiento mental invitan a pensar sobre los desarreglos del funcionamiento social y a transferir esa misma inquietud a los problemas superiores de la filosofía y la moral” (1926, p. 151). En la actualidad los historiadores coinciden en señalar que la intelectualidad argentina de fines de siglo xix y principios del siglo xx, en particular la socialista, se legitimó en buena medida al exigir un enfoque científico en el análisis de la sociedad (Terán, 2000; Tarcus, 2007). Dentro de ese enfoque, el positivismo argentino se distinguió por situar la psicología como una disciplina central en esa mirada científica (Soler, 1968; Altamirano, 2004). Queda claro que Ingenieros fue la guía de Ponce en esa cultura científica de amplias miras que definió su interés en temas psicológicos, entre otros no atendidos aquí.

Los Principios de psicología le proveyeron a Ponce un modelo psicológico que, si bien se asentaba sobre la fisiología y el evolucionismo decimonónico, tenía perspectivas mayores a la mera reducción de la psiquis al soma. La psicología genética de Ingenieros se ofrecía como base para una dilatada agenda de temas. Acorde las directrices del lamarko-haeckelianismo, proponía un “criterio genético” que permita “reconstruir la formación progresiva de las funciones psíquicas, considerándolas como una adquisición de la experiencia” (1937 [1919], p. 415). En ese marco, Ingenieros podía basar la relevancia de la psicología como ciencia en la medida en que permitiría explicar las conexiones entre filogénesis, ontogénesis y sociogénesis, procesos que consideraba íntimamente ligados por la ley biogenética fundamental. Ponce comenzó sus intereses en la psicología algunos años más tarde, cuando las teorías mendelianas comenzaban a imponerse. Sin embargo no se adhirió a ellas: “no se puede decir que se haya demostrado de una manera absolutamente rigurosa que tal o tales caracteres psicológicos se comporten de una manera mendeliana”. Por el contrario, le interesaba enfatizar el problema del ambiente a partir de los procesos de socialización del individuo: “La naturaleza misma de las funciones psíquicas, fruto al mismo tiempo de los factores internos y las causas sociales, nos demuestran la importancia considerable de la educación” (1922a, pp. 106-107, 103). Este marco general persistió en su obra y nunca abonó las tesis mendelianas respecto a las funciones psicológicas. En todo caso, ellas mostraban que la dinámica naturaleza/crianza era un problema esencial, no resuelto y que debía ser enfocado con un criterio genético.

Al respecto, Vezzetti afirma que Ponce “sigue y a la vez estrecha” (1996, p. 165) las formulaciones de José Ingenieros. Aunque es cierto que el desarrollo de su producción siguió los lineamientos de Principios de Psicología, Ponce generó ideas propias respecto al problema de la ontogénesis y desarrolló una serie de tópicos a los que Ingenieros prestó poca o ninguna atención. Ponce encontró en el análisis de la ontogénesis un nicho de problemas que involucraba tanto a los factores biológicos de la maduración, como al desarrollo específico de las funciones psíquicas y los efectos de la socialización. Como se muestra luego, Ponce perdió interés en los aspectos biológicos y fisiológicos –sin dejar de considerarlos importantes para una psicología científica– y se dedicó en buena medida a una heterodoxa psicología del desarrollo, desde la cual intentó dilucidar los procesos que conectan la psiquis con la cultura y la sociedad.

En estos párrafos solo se han mencionado escuetamente algunos de los puntos de contacto entre las ideas de Ingenieros y Ponce. Como se sabe, el segundo fue uno de los principales herederos de las ideas del primero, no solo en el terreno de la psicología, sino en un sentido intelectual y político más amplio. El impacto de las ideas del syringo sobre Ponce fue considerable al menos hasta mediados de la década de 1930, cuando se despegó explícitamente de su maestro. Sin embargo, esa filiación no ha sido trabajada en detalle aún por la bibliografía disponible y no es posible ahondar aquí en ello. En todo caso, quedan señalados algunos vectores de las ideas psicológicas de Ponce, los que, sin ser lineales ni siempre coherentes, delimitaron su producción.

2. La ontogénesis 

A partir del artículo “Psicopatología del neologismo”, publicado en 1925 en la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina y que pasó a ser, sin modificaciones, el primer capítulo de su primer libro de psicología Gramática de los Sentimientos (1929a), Ponce comenzó a trabajar de modo regular el problema del desarrollo psíquico. En el artículo se preocupaba por encontrar los modos de vinculación entre el raciocinio y las emociones a partir del análisis de las funciones lingüísticas normales y patológicas. El lenguaje se le presentaba como una vía privilegiada para acceder los modos en que el individuo se socializa. A partir de la idea de que el lenguaje distingue al hombre de los animales, Ponce resaltó el modo en que el uso del lenguaje permite adquirir las convenciones sociales necesarias para la vida en comunidad, lo que a la vez significaba un proceso de racionalización y objetivación de la psiquis que relega progresivamente el papel de las emociones en la vida mental. El lenguaje se le presentaba como un motor del desarrollo cognoscitivo, y por tanto actuó históricamente como un factor que complejizó y racionalizó las relaciones sociales. Ponce asumía de este modo que por medio del lenguaje la ontogénesis se ligaba a la sociogénesis, y aún más, que la racionalidad era una cualidad propia de la vida en comunidad. Y si bien consideró que la abstracción del lenguaje permitió un avance de la inteligencia, afirmó que el pensamiento no puede ser traducido en su totalidad a palabras, por lo que concluyó que parte del pensamiento y las emociones escapan a las posibilidades de comunicación y conforman un “yo secreto”: “Pensamos por ideas, es decir, socialmente, todas las veces que anulamos ese yo para penetrar en los dominios de lo que no es nuestro yo” (Ponce 1929a, p. 14, cursivas del autor). Esa interioridad “inefable”, que se conectaba con sedimentos hereditarios, se organiza sobre una serie de oposiciones poco novedosas: razón/emoción y sociedad/individuo. Estos pares dirigieron el modo en que Ponce concibió el mecanismo genético de las funciones psíquicas. Sin embargo, ese suelo no significó la repetición directa de viejos tópicos. Por el contrario, fueron reconfigurados a partir del recurso de Ponce a autores como Jean Piaget, Lucien Lévy-Bruhl y Alfred Adler. Estas referencias le proveyeron de teorías que le permitieron generar su propia psicología genética centrada en la ontogenia.

Ponce fue un temprano lector de Piaget y se apropió de sus primeras tesis sobre el egocentrismo. Consideró, de acuerdo con el suizo, que el lenguaje infantil permanece ligado a un monto afectivo importante y por ello es predominantemente individualista. Esta asociación individualismo-afectividad-niñez permitió vincular el neologismo mórbido con el lenguaje infantil, en la medida en que primaría la emocionalidad sobre la racionalidad y la sociabilidad. Este ordenamiento de la psicopatología en estadios, tributaria de Hughlings Jackson y que acusa su formación médica, le permitió hallar a Ponce una concepción del desarrollo común a diversos mecanismos psíquicos, un vector general de la ontogénesis que podía estudiarse en niños pero que excedía la infancia. Esa perspectiva no quedaba fijada a los aspectos biológicos, sino que los reconfiguraba para volcarse al problema del desarrollo mental y la sociabilidad. En los restantes capítulo presentes en el texto de 1929, Ponce ligó el pensamiento infantil con el primitivo, a partir de las ideas de Lévy-Bruhl, cuyo trabajo seguía desde principios de la década. Aunque el francés rechazó de manera explícita esa homologación, esta le permitió al argentino tematizar el problema del desarrollo en función del modo en que las comunidades se organizan. Va de suyo que asumía que el pensamiento primitivo era algo superado por la modernidad y que la tradición intelectual europea era el horizonte deseable para las sociedades latinoamericanas. Fiel al espíritu de Domingo F. Sarmiento, la preocupación que guiaba el pensamiento de Ponce era dilucidar las modalidades por las cuales las sociedades podían ser civilizadas. De este modo, la figura compuesta del loco-niño-primitivo lo condujo a enfocarse en la ontogénesis como clave de estudio de lo social mediante el prisma que le otorgaba la psicología.

Es muy probable que Ponce haya sido uno de los primeros lectores sistemáticos de las obras de Piaget en suelo latinoamericano, y sin duda las ideas del suizo dejaron una honda marca en su modelo psicológico. En Gramática de los sentimientos quedó delineada una agenda de temas que muestra el pasaje de los tópicos más biológicos y clínicos hacia tópicos psicológicos diferentes a los que trabajó Ingenieros.

Los cursos de 1930 que conformaron Problemas de psicología infantil muestran el esfuerzo de Ponce por abordar el problema de la ontogénesis desde nuevas coordenadas. Para ello recurrió a diversos autores –Wallon, Koffka, Köhler, Stern, Bühler, e incluso Freud y Pavlov–, aunque la noción piagetiana de egocentrismo fue la que organizó su concepción del desarrollo, tanto infantil como adolescente. Según dicha noción, es posible especificar una etapa en el desarrollo psíquico del niño que se caracteriza por un marcado ensimismamiento e individualismo. En este período del desarrollo, el niño es incapaz de adoptar la perspectiva de los demás, aun cuando pueda comunicarse con los adultos con fluidez. Ponce, como fue habitual en este tipo de obras, propuso su propio esquema de etapas del desarrollo infantil, presentado de manera sucinta en lo que sigue. Luego de una primera fase madurativa general, propuso el surgimiento de una “etapa de la técnica”, en la cual los esquemas sensorio-motores, en particular del tacto manual, son el motor de la organización mental y perceptual inicial, el primer modo en que el niño se vincula activamente a su realidad externa. Esta etapa sentaría las bases para la adquisición del lenguaje, el cual conforma el mundo interior del niño y habilita los primeros modos de socialización. El manejo del lenguaje permite el surgimiento de un estadio eminentemente egocéntrico, en el cual el pensamiento infantil se desprende de la realidad concreta y se apega a la fantasía por las posibilidades de abstracción que permite el lenguaje frente a un mundo que no domina. Dada la incomprensión y desinterés del niño en perspectivas ajenas, todo ello obstaculiza una cognición descentrada, necesaria para una socialización plena. Por último, a partir de los siete años más o menos, el niño alcanzaría una etapa reflexiva, la cual permite un pensamiento racional capaz de adoptar perspectivas alternativas a la propia, y por tanto habilita un nuevo y más profundo modo de socialización.

La psicología infantil de Ponce significó un alejamiento en al menos dos puntos importantes respecto a las ideas de Ingenieros, sin por ello abandonar la necesidad de una mirada genética. En primer lugar, el enfoque centrado en el desarrollo infantil supuso mantener una concepción genética sin subsumirla directamente a los problemas filogenéticos, desplazando el primado evolucionista lamacko-haeckeliano de Ingenieros, quien encontraba en la ontogénesis una mera repetición de la filogénesis. El primado de la filogénesis sobre la ontogénesis y la sociogénesis hacía que Ingenieros asumiese un modelo de desarrollo gradual y continuo para toda especie viviente. Ponce, apoyado en Piaget y en Lévy-Bruhl, concibió la ontogénesis como un proceso discontinuo, basado en saltos cualitativos que distinguen el niño tanto de otras especies como del adulto. Quizás las siguientes líneas condensen este punto:

En vez de suponer que el niño va avanzando hasta hacerse adulto, hemos destacado, en cambio otro hecho esencial: más que una evolución en línea recta, presenciamos una transformación. … [S]e trata de una mentalidad especial, completa, sui generis, que habiendo sido dominante en un momento, se repliega después en el adulto para reaparecer muchas veces más tarde con la emoción, la enfermedad o la fatiga (1931, p. 484, cursivas de Ponce).

Esta variación es central en tanto se pone en juego un núcleo duro de problemas ontológicos y epistemológicos para el estudio del desarrollo. Si se retoman los argumentos de Moscovici (2003), el pensamiento de Piaget hacia las décadas de 1920 y 1930 se hizo eco de una de los interrogantes centrales de la modernidad: cómo se pasa del pensamiento colectivo y prerracional al individual y racional. Según este autor, Piaget fue tributario de los desarrollos de Durkheim y Lévy-Bruhl respecto al problema del papel de la sociedad en el desarrollo del pensamiento, y del psicoanálisis en su noción de egocentrismo. Hacia el inicio de la década de 1930 Ponce se había hecho de la agenda de la psicología del desarrollo de Europa continental, la cual terminó por definir al niño como un objeto de estudio y lo indagó de modo intensivo (Carroy, Ohayon & Plon, 2006). En este punto, Ponce, por sus lecturas y producción, pasó a ser uno de los difusores de esa psicología en el mundo hispanoparlante. Luego de su viaje a París de 1929, Ponce abandonó las referencias de la psiquiatría francesa que inspiró a Ingenieros, como Janet y Ribot, y redirigió su indagación en las sendas de los trabajos de autores como Piaget y Wallon, quienes se desprendían progresivamente de las referencias clínicas.

Por otro lado, Moscovici afirma que Piaget avanzó en sus estudios siguiendo el modelo de pasaje continuo y gradual de lo preracional a lo racional de Durkheim, opuesto a la diferencia cualitativa y excluyente de estas instancias que era sostenida por Lévy-Bruhl. Sin embargo, Jahoda (2000) muestra de forma convincente que Piaget es tributario de la distinción entre pensamiento primitivo y racional, debido a que consideraba que la irracionalidad se conectaba con el autoritarismo, cosa que encontraba en los pueblos “salvajes” así como en el catolicismo y la milicia europea; por el contrario, la racionalidad se ligaba a una moralidad cooperativa. Además, identificó –también contra Lévy-Bruhl– el pensamiento infantil con el primitivo en lo que respecta a la moral heterónoma. Uno de los valores que Piaget defendió toda su vida, debido a su protestantismo, es la idea de que el desarrollo debía dirigirse hacia una moral autónoma. El punto es importante porque Ponce leyó a Piaget en la clave de Lévy-Bruhl y también adoptó a la racionalidad como motor de un horizonte socio-cultural deseable, aunque no por un trasfondo religioso, sino más bien político, dada su postura liberal contra la cultura católica heredada de España. En este punto, cabe destacar que tanto Piaget como Ponce, recurrieron a la sociología y la antropología francesa como una cantera desde la cual pensar a la sociedad desde la psicología. Aunque Ponce conocía bien la obra de Durkheim, rescató reiteradamente los postulados sobre el pensamiento salvaje de Lévy-Bruhl en la medida en que la homologación niño-primitivo permitía conceptualizar –o al menos tematizar– un salto cualitativo de la irracionalidad del individuo hacia la racionalidad provista por las sociedades modernas:

Según los momentos de la historia, según la estructura de la sociedad, la relación entre la franja egocéntrica y lo que hay de nosotros de ese amplio espacio reflexivo, debe haber variado enormemente. En las sociedades primitivas que ha estudiado Lévy-Bruhl la mentalidad del niño debió ser enormemente egocéntrica: la creencia de poder realizar acciones nada más que por el simple deseo –que hoy nos parece pueril– era la creencia que sostenían los sabios y los niños…  (1931, p. 490).

La cita no solo trasluce el eurocentrismo de Ponce, sino sobre todo su confianza en que el avance de las sociedades conllevaba un avance en la racionalidad. Esa confianza, cabe señalar, reintroduce de un modo reconfigurado una concepción del desarrollo social que repite el individual, a la manera en que el evolucionismo de Ingenieros subsumía la sociogénesis y la ontogénesis a un principio filogenético. En cierto sentido no sorprende. Ponce en buena medida reproducía las contradicciones, vacilaciones y esperanzas de un pensamiento cientificista que se debatía frente a su propia crisis en Europa, en medio de un escenario político cada vez menos auspicioso.

En segundo lugar, también fueron desplazadas las referencias clínicas y fisiológicas, la cuales quedaron relegadas a contribuir lateralmente a la explicación del desarrollo normal de la cognición y la socialización. La siguiente afirmación da cuenta de este punto:

… todos los procesos psíquicos aún los más íntimamente ligados a la fisiología, tienen otra faz que esta no podrá explicar nunca, y esa otra faz tan rica en detalles como aquella, no se nos presenta con nitidez suficiente sino cuando agregamos a los fundamentos biológicos las influencias sociales. Por su base biológica y por su aspecto social, la memoria infantil difiere profundamente de la adulta (Ponce, 1931, pp. 449-450).

La psicología genética no puede restringirse solo a procesos madurativos, sino que debe indagar las peculiaridades de la cognición infantil, en especial respecto a su relación con las influencias sociales. Sin embargo, como se deja ver en la cita previa a la última, el pensamiento infantil no desaparece en el adulto, sino que se relega a los déficit de la psiquis. El pensamiento infantil queda ligado a las emociones, la cual aflora, contra la racionalidad y la sociabilidad, en la psicopatología. En este momento de su obra psicológica Ponce asume que no hay procesos de desarrollo emocional; las emociones  quedan relegadas y controladas por sucesivas conquistas cognoscitivas. Por lo antes dicho, puede sostenerse que Ponce parte de un supuesto fundamental de la primera concepción piagetiana del egocentrismo, esto es, que el desarrollo de las funciones psicológicas depende en lo esencial del contacto directo del niño con el mundo, lo que deja de lado el papel de los adultos como mediadores entre el niño y el mundo, y que hay una separación nítida entre cognición, emoción y acto, las cuales se desarrollan de modo paralelo (Bruner, 1986, p. 61).

Lo anterior podría resumirse del siguiente modo: en la obra de Ponce, el programa de una psicología genética pasó de ser evolucionista, esto es, centrada en la filogénesis, a ser evolutiva, donde la ontogénesis cobra primacía. La variación de las funciones psicológicas durante el desarrollo pasó a ser el principal aspecto a indagar, una vez asumida la idea de que no pueden derivarse sin más los procesos madurativos, es decir, que son resistentes a la reducción a términos biológicos.

Las nuevas referencias de Ponce también significaron una ampliación en los criterios metodológicos de la psicología. En la medida en que la investigación con niños implica la observación directa de sus conductas, tanto en la vida cotidiana como en experimentos participativos, el modelo experimental de laboratorio deja de ser el principal medio de producción de evidencias. Más bien, los resultados de la psicofisiología, como se mencionó antes, pasan a ocupar un lugar auxiliar en la evaluación de evidencias y teorías sobre el desarrollo infantil.

Ponce dedicó sus últimos cursos sobre psicología –dictados en 1931 y 1933, y publicados en 1936 y 1938 respectivamente– al problema de la adolescencia. Con ellos insinuó un programa de trabajo que denominó “psicología de las edades”.1 Si bien el tópico aparece mencionado en textos previos, los cursos introdujeron referencias que muestran algunos cambios considerables en el parecer de Ponce sobre la génesis de la psiquis. Para Ponce, durante la adolescencia se producen las mayores variaciones en lo que respecta a la emocionalidad y la constitución de la personalidad. No recurrió esta vez a un modelo de estadios o etapas del desarrollo, sino a uno basado en una dinámica entre tendencias emocionales opuestas, moduladas por la experiencia personal. Estas tendencias remiten a las lecturas que Ponce realizó de los principales textos del médico y psicólogo Alfred Adler. Esta perspectiva psicodinámica no desplazó la centralidad de las ideas de Piaget, sino que más bien ambas referencias fueron amalgamadas. En sus nuevos cursos la constitución del raciocinio quedó relegada frente a los avatares de los impulsos emocionales, aunque mantienen los carriles de una psicología genética que busca dilucidar los procesos de preparación de la psiquis para la participación de la sociedad.

En su texto Ambición y angustia de los adolescentes (1936), Ponce postuló que la adolescencia constituye un esfuerzo activo del individuo por asir y dominar su mundo interior, en contraposición a la infancia, donde el domino del mundo exterior prevalece. La noción central de su análisis es la de cenestesia, que remite al surgimiento de una sensibilidad emocional e íntima, que motoriza la conformación de la personalidad. De esta cenestesia, Ponce distingue dos tendencias en tensión: la ambición, una variación del afán de poder postulado por Adler, que remitiría a una fuerza vital que impulsa al adolescente a enfrentarse con el mundo y las relaciones sociales de formas nuevas y desconocidas. A ese deseo por intervenir en el mundo se opone la angustia, derivada de las incertidumbres y vacilaciones resultantes de no poder dominar ni conocer adecuadamente el mundo y a los demás. Según este modelo, que Ponce retoma de la tradición de la psiquiatría dinámica, la personalidad del individuo es el resultante de las oscilaciones emocionales de estas dos tendencias durante la adolescencia. Cómo en el caso del niño, el mecanismo genético de la psiquis es considerado en función de la orientación del individuo hacia el mundo exterior. Aun cuando la psicología ponciana busca dilucidar los procesos psicológicos específicos, no deja por ello de perder esa orientación.

El contrapunto entre el análisis de la racionalidad en el niño y el de la emocionalidad en el adolescente es evidente y conlleva varias diferencias con sus textos anteriores y diversos problemas conceptuales. En primer lugar, el adolescente como figura no parece compartir la secuencia primitivo-loco-niño, sino que es más bien una antesala de la serie civilizado-normal-adulto. De este modo, Ponce asume que la adolescencia, así como la infancia, implica procesos psíquicos específicos, pero su estatuto intermedio y el paso de un modelo de estadios a uno dinámico no queda explicado. Es como si Ponce asumiese que en la infancia los aspectos emocionales tuviesen procesos propios de desarrollo y lo mismo con los procesos cognoscitivos en la adolescencia, aunque ambos quedan sin explicitar. A pesar de esto, mantiene un esquema piagetiano ligado a la idea de egocentrismo. La nueva cenestesia da un nuevo mundo interno al adolescente, el cual se repliega sobre sí para dominarlo y constituirlo. Solo cuando este nuevo repliegue se abandona, entonces adviene una socialización genuina. En este sentido, la adolescencia, por la vía de una dinámica emocional, repite el proceso de ensimismamiento y apertura que Piaget postuló para la infancia. Aun cuando pueda percibirse este suelo piagetiano en su argumentación, el salto entre un modelo de estadios y otro dinámico muestra que la psicología ponciana es mucho menos lineal de lo que podría preverse bajo la idea de una “psicología de las edades”.

En esta línea, debe destacarse el uso que Ponce hace de diversas fuentes de evidencia. Aunque recurre a datos estadísticos, fisiológicos y de observación sistemática, incorporó también, en el mismo nivel, materiales literarios diversos como una vía para acceder a la vida íntima del adolescente. De hecho en su último libro sobre psicología, Diario íntimo de una adolescente, Ponce trabaja sobre los materiales autobiográficos de la pintora María Bashkirtseff. Aunque antes había criticado este tipo de abordaje al afirmar que “la psicología moderna nada tiene que ver con la psicología literaria” (Ponce, 1929b, p. 294), para 1933 sostuvo que “son demasiados complejos como para permitirnos el lujo de hacernos los difíciles en la elección de los métodos” (Ponce, 1938, p. 613). Esta heterogeneidad metodológica de Ponce obliga a revisar la idea de que el positivismo en el que fue formado necesariamente remitía a un cientificismo rígido. Su último trabajo psicológico adopta un formato de ensayo, el cual revela las conexiones de su psicología con su actividad como crítico literario. Aunque no es posible abordar este punto aquí, cabe señalar que los vínculos entre la literatura y la psicología pueden encontrarse ya en Gramática de los sentimientos, si bien la idea de emoción que manejaba entonces era más tributaria de los procesos filogenéticos que de una sensibilidad privada. Aunque Ponce nunca consideró que sus trabajos psicológicos no fuesen científicos, en este último texto, presentado como un estudio clínico a partir del modelo psicodinámico, las nociones de cenestesia, ambición y angustia apenas aparecen y son utilizadas con la mayor vaguedad. Con todo, el texto de Ponce deja en claro que consideraba que los modelos que propuso para una psicología genética no podían estar completos sin estudios que contemplen los casos individuales y las dinámicas íntimas.

3. La sociogénesis

La psicología genética postulada por Ingenieros exigía una perspectiva sobre la relación de la psiquis con los procesos sociales. Ponce retomó tempranamente esta guía y tematizó la cuestión desde sus primeros artículos, en especial desde la perspectiva de Lévy-Bruhl: “Por primitivas que sean las sociedades nunca encontramos una mentalidad que se ofrezca virgen a la experiencia; por el contrario se trata siempre de una mentalidad socializada, imbuida en una multitud de representaciones colectivas que se transmiten por la tradición” (Ponce, 1922c, pp. 124-125). Su perspectiva del desarrollo centrada en la noción del egocentrismo y su superación conlleva que el proceso de socialización sea paulatino y más bien logrado solo hacia finales de la adolescencia, sin que por ello deje de ser el vector de todo el proceso del desarrollo, dado que la finalidad de este es la inserción del individuo en una sociedad civilizada. Para Ponce, la adolescencia constituye el último período de socialización y el más relevante, en la medida en que se juegan no solo los aspectos cognoscitivos adquiridos, sino la constitución de la personalidad en función de pautas morales y políticas. Baste un par de citas para mostrar este punto:

 Para los adolescentes, la vida tiene sabor cuando se la vive en la “tempestad y en la osadía”. Entre el niño recién nacido, horriblemente conservador y el adolescente heterodoxo y revolucionario ... [acontece] un hecho extraordinario que se llama la conquista de la propia personalidad (Ponce, 1932b, p. 333, cursiva del autor).

La idea de justicia, aplicada primero a los casos concretos que la vida de su medio inmediato ponía ante sus ojos, se agranda súbitamente con la incorporación de la familia humana a la intimidad más cordial del adolescente. Si la simpatía lo llevó primero a la simple idea de justicia, la conversión al humanitarismo lo pone ahora sobre el camino de la justicia social (Ponce, 1938, p. 592).

Las citas traslucen el interés de Ponce por asociar los procesos de desarrollo psíquico con una conciencia política cada vez más progresista. La articulación dista de ser consistente, pero no por ello debe perderse de vista que la psicología ponciana buscó tematizar los vínculos entre ontogénesis y sociogénesis, que la noción de egocentrismo definió los modos de concebir esa relación y que la sociedad fue concebida poniendo de relieve su dimensión más política. Este punto, sin embargo, no debe conducirnos a la idea de que Ponce alineó su psicología con el marxismo. En rigor, los valores y nociones políticas expresadas en ellos no son específicos de la literatura marxista sino comunes a una tradición de izquierda más amplia, la que incluye el ideario del socialismo liberal en el que Ponce se formó y que sostuvo incluso al suscribir el marxismo-leninismo. A pesar de que algunos comentadores comunistas como Cabral (1958) y Agosti (1974) reconocieron que la psicología de Ponce no contiene elementos marxistas, algunos autores más recientes aducen encontrar vínculos entre ambos corpus de saberes. Por ejemplo, Woscoboinik asume que el pensamiento marxista de Ponce se revela en sus textos sobre la adolescencia, sobre todo cuando se refiere a la opresión cultural de las mujeres (2007, p. 221), y Luque (2001) postula que el texto Problemas de psicología infantil tiene estrechas conexiones, en términos marxistas, con Educación y lucha de clases. Que Ponce se refiera al feminismo bolchevique de Alexandra Kollontai (1936, p. 605) o que proponga que los psicólogos y pedagogos escolanovistas no hacían más que imponer el fordismo en las aulas (1937, p. 427) no significa que haya criterios marxianos o marxistas en su psicología. Por el contrario, puede argumentarse que en las pocas ocasiones que insinuó una relación entre marxismo y psicología, subsumió ciertos tópicos marxistas a su propio modelo dedesarrollo.

En su conferencia Conciencia de clase remitió al libro del pedagogo y político comunista espatarquista Otto Rühle, La psiquis del niño proletario, de 1925. Rühle se formó con Alfred Adler y en ese libro vinculaba las míseras condiciones de vida en la que el proletariado europeo se criaba con la noción adleriana de sentimiento de inferioridad. Según creía, esas condiciones conllevarían el desarrollo de un afán de poderío y una “protesta masculina” en el proletariado que redundaría en un mayor sentimiento de comunidad y autonomía. Supuso entonces, homologando el desarrollo de la psiquis con las etapas de progresiva organización de los trabajadores, que las mismas condiciones desfavorables que se reproducían generación tras generación gestaban en el proletariado un estado psíquico que lo preparaba cada vez más para movilizarse contra los poderes que lo sometían. Ponce retomó esta referencia para proponer un estudio de la consciencia política del proletariado, de la conformación de una existencia “para sí” como clase, desde el punto de vista “de la psicología individual y de la psicología social” (1932a, p. 178). A las ideas adlerianas de Rühle sobre la crianza en la pobreza, Ponce agregó su particular mirada sobre el desarrollo. Asumió que la conformación de pandillas en la niñez y el estado de rebeldía de los adolescentes daban una pauta para comprender el modo en el que los trabajadores paulatinamente se organizaron. Así la pandilla, “surgida en el ambiente de la calle, con algo todavía de la horda o de la tribu, pero que anticipa y prepara la ulterior comunidad que naciendo del taller alcanzará formas precisas en la organización definitiva del sindicato y del gremio”. A partir de los tópicos piagetianos asumió el paso de una autorregulación individual heterónoma una colectiva y autónoma, sumado a un trasfondo que remite al evolucionismo del siglo xix, la organización de los trabajadores sigue los lineamientos de la ontogenia: “Esa misma marcha, de la rebeldía individual y ciega, hasta la protesta solidaria y consciente, reaparece con caracteres vigorosos en la evolución histórica del movimiento del proletariado” (p. 180).

Queda claro que no hay más que una expresión de deseo político postulada en términos psicológicos. Ponce no solo no contempló los factores históricos y políticos en su especificidad en la conformación de un movimiento de trabajadores –por ejemplo, no queda claro porqué este proceso no se dio antes del siglo xix o si se encuentra y cómo sucede en otras clases–, sino que al atener ese proceso a una perspectiva ontogenética terminó por concebirlo como una secuencia dada de antemano, una concientización clasista del proletariado prácticamente garantizada por las particularidades inherentes al desarrollo psíquico. Sin embargo, esta articulación revela un núcleo temático relevante para una historia de las teorías del desarrollo psíquico. La homologación de Ponce entre desarrollo psíquico y organización sociopolítica del proletariado cumple un doble papel. Por un lado, se reconoce la necesidad de contemplar los procesos de socialización dentro de una psicología genética; por otro, el énfasis en una concepción del desarrollo centrada en las particularidades psíquicas subsume la socialización a un proceso de desarrollo en lo fundamental autónomo a las variaciones históricas, sociales y culturales que constituyen los ambientes en los que el individuo se socializa. El núcleo de este doble proceso se halla en la noción piagetiana de egocentrismo, en tanto al enfatizar la especificidad de los procesos mentales, en particular la inteligencia y racionalidad, implica una concepción de lo psíquico que conduce a la eliminación de los factores sociales como un aspecto relevante en la constitución de la psiquis (Castorina, 2010, p. 167). La articulación con ideas adlerianas no altera este punto, sino que más bien lo extiende a la dimensión emocional. En este sentido, el modelo ponciano, que va del ensimismamiento psíquico a una mayor conexión con la sociedad, implica la subordinación de la sociogénesis a la ontogénesis. Esta operación de homologación y subordinación de las dinámicas sociales a aspectos más básicos y estables, y por tanto universales, puede hallarse en Ingenieros, aunque para el caso ponciano, su recurso a las ideas de Piaget y Adler impiden una reducción de la ontogénesis a la filogénesis, aun cuando no descartó del todo la idea de que los caracteres adquiridos podían heredarse. Ponce no explicitó esta cuestión ni postulo nuevas ideas que contradigan esto claramente, por lo que quizás no advirtió las diversas consecuencias teóricas de dicha homologación. En todo caso, lo que podría rescatarse a partir del análisis de las ideas de Ponce es qué tipo de impacto tuvieron los modelos de desarrollo basados en una noción de egocentrismo, dentro y fuera de la psicología, en lo que respecta a lo necesario y lo deseable en el desarrollo tanto del individuo como de las sociedades. En este punto, Ponce tiene un núcleo conceptual diferente al de Ingenieros para pensar el modo en que, mediante los aspectos psíquicos, puede pensarse la relación del individuo y la sociedad y el devenir de esta última.

Aun cuando Ponce tenía contacto con ideas marxistas y el socialismo argentino por la vía de Juan B. Justo y de Ingenieros, resulta bastante claro que adscribió de un modo sistemático el marxismo –en particular, el de Engels y el de la Segunda Internacional– desde 1933. De acuerdo con Terán (1983), en los años previos Ponce transita de un liberalismo clásico a una postura más socialista, pero solo luego de su Elogio del Manifiesto Comunista inició una revisión crítica de la tradición liberal-positivista en la cual se había formado, la cual quedó interrumpida por su súbita muerte. En estos años de revisión, Ponce no dejó textos relevantes sobre psicología y no hay indicios claros de que haya modificado idea alguna de su versión de la psicología genética. Sin embargo, la tardía adscripción de Ponce al marxismo de cuño soviético permitió que su obra psicológica quede abierta a una serie de referencias y tópicos que la creciente codificación del comunismo hubiese eliminado por su origen o carácter “burgués”.2 Aunque sus escritos sobre psicología cesaron debido a los intereses políticos de Ponce, mantuvo su docencia e interés por ellos. Dictó algunos cursos durante su exilio en México y pocos días antes de su muerte programaba un viaje a Cuba donde ofreció, en caso de no poder dictar conferencias dedicadas a temas políticos, unas “más inocuas” sobre la psicología de la soledad y la vida interior del adolescente (Marinello, 1958, p. 68). Ello sugiere que la psicología que a Ponce le interesaba en 1938 estaba todavía ligada a los tópicos de 1931 y 1933, aunque en un segundo plano respecto a temas políticos.

El interés en desarrollar este punto reside en mostrar que el pensamiento marxista no tuvo repercusión en la producción psicológica de Ponce y señalar la incidencia de su heterodoxo modelo genético de la psicología en su comprensión de la sociedad. En todo caso, la temática de la relación más o menos conflictiva de la mente individual y la sociedad quedó establecida de antemano y apareció de forma recurrente en sus diversos trabajos. La cuestión de lo social en las obras psicológicas de Ponce, que merecería un trabajo específico más cercano a sus trabajos políticos y literarios previos a 1932, podría ser una vía adecuada por la cual reubicar sus trabajos psicológicos dentro del corpus general de su obra y, al mismo tiempo, ver de qué modo su psicología se alimentó de referencias no ligadas directamente al estudio de la psiquis.

El lugar de Ponce en la historia de la psicología

Este artículo ha buscado desandar ciertas concepciones de la obra psicológica de Ponce que restringían su análisis, de modo que esta pueda ser reabierta a diversas indagaciones. Desde ya, no se trata de desligar a Ponce del positivismo y el marxismo –menos aún de reivindicar esas filiaciones–, ni de asumir que su psicología sea necesariamente productiva en la actualidad. Lo que se propone es evitar estereotipos que identifiquen su trabajo solo con una tradición intelectual y clausurar de antemano el análisis histórico de este. Existen múltiples perspectivas que permiten la reconsideración de su producción y su posición en una amplia genealogía intelectual y una densa trama de tópicos y problemas relevantes para la historia de la psicología latinoamericana.

Aquí se ha atendido la filiación de Ponce con Ingenieros para resaltar su concepción genética de la psicología, no en términos de una continuidad directa, sino mediante las transformaciones que tal proyecto sufrió con la incorporación de nuevas referencias y teorías. En este sentido, Ponce puede ser reevaluado en la historia de la psicología hispanoparlante no tanto por alguna originalidad o cualidad intrínseca de su trabajo, sino por su posición como divulgador de teorías psicológicas sobre el desarrollo, por su participación en la tematización del niño y el adolescente como objetos propios de una indagación psicológica, y por la búsqueda de nociones que permitan dar cuenta de los procesos de socialización. En este sentido, Ponce se vuelve relevante dentro del marco de una historia de las concepciones del desarrollo en la psicología y la intelectualidad latinoamericana. Una historia de este tipo no solo implica teorías específicas sobre las particularidades psíquicas de la infancia y la adolescencia, sino también concepciones sobre la dirección deseable del desarrollo y pautas esperables de socialización. En particular, su obra permite rastrear el impacto de la noción de egocentrismo en la redefinición de los estudios sobre la ontogénesis, la concepción de lo que es primitivo y civilizado en el contexto latinoamericano y la pervivencia de nociones biológicas que hacen primar lo ambiental por sobre lo filogenético.

Si cabe hablar de una historia de la psicología latinoamericana respecto a estos tópicos es porque las obras e ideas de Ponce no solo tuvieron una circulación considerable en suelo argentino –por ejemplo, mediante el manual de psicología para educación media de Luis Juan Guerrero (1979 [1939])– sino que otros autores hispanoparlantes se apoyaron en sus textos y remitieron a dichos tópicos con enfoques similares. Cabe mencionar aquí los trabajos de Emilio Mira y López, quien sostuvo que debido “al esfuerzo de Ingenieros y de Aníbal Ponce, los puntos de vista evolutivos han penetrado profundamente en los pedagogos argentinos” (1944, p. 8.), así como los de Alberto Merani (1955; 1957) y de Juan Francisco Reyes Baena (1972). No se trata de apelar estos autores para señalar que Ponce fue alguna clase de “pionero”, sino de reconstruir una red de autores que en conjunto redefinieron las ideas sobre la ontogénesis e implantaron en América Latina las ideas diversos autores europeos dedicados al problema del desarrollo.

Estos temas no solo son relevantes para la psicología sino que pueden ser de interés para una historia intelectual más amplia, que considere el impacto de las ideas del desarrollo y la sociedad como las formas en las que el ser humano puede redefinirse. En este punto, las ideas sobre los procesos ontogenéticos exceden los ámbitos psicológicos y pueden ser rastreadas en otras disciplinas o sectores sociales. Ello puede ejemplificarse con las lecturas que Ernesto Che Guevara realizó de las obras de Ponce y el modo en que estas definieron su noción del “Hombre Nuevo” que surgiría del socialismo.

No abunda la literatura sobre historia de la psicología dedicada a esta clase de tópicos y cruces, por lo que una tematización sobre las concepciones del desarrollo permitiría iluminar nuevas zonas de indagación para la historia de la psicología, en particular en lo que respecta a una idea amplia de educación e individuación, que involucre tanto a la pedagogía como a la sociología, la política y las producciones culturales. Este artículo, a partir de la producción de Ponce, ha buscado contribuir y destacar la productividad de tal enfoque.

                        

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Aníbal Ponce

(1898-1938)

 

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Notas

1. En 1932 Ponce dio un curso en el Colegio Libre de Estudios Superiores de Rosario titulado “Introducción a la psicología de la persona”, del cual solo se conservó un resumen. Según Héctor Agosti, los papeles de Ponce sugieren que se había propuesto un ambicioso proyecto de estudios en el cual la “psicología de las edades” se enmarcaba dentro de una “psicología de la persona”. Ello es coherente con la idea de Ponce, común en la época, de que la psicología se unificaría en la medida en que encare el estudio del hombre y la psiquis como una totalidad, es decir, desde un enfoque holista. Luego de 1933 tal proyecto quedó inconcluso y probablemente abandonado.

2. El partidismo comunista llevó a que la psicología de Ponce fuese cuestionada fuertemente por quienes lo reivindicaban como una figura clave de la izquierda argentina. Por ejemplo, Julio Wosco (apócope de Woscoboinik) señaló que Ponce no logró apreciar la psicofisiología de Pavlov como clave del aprendizaje y como base fisiológica de la psiquis, al tiempo que tampoco asimiló las ideas marxistas sobre la consciencia como reflejo del “proceso histórico dialéctico de la humanidad”. De esto concluyó: “No llega por eso a pesar de sus afanes a ser realmente la de Ponce una psicología científica” (1958, p. 162). Por otro lado, Berta Braslavsky, respecto a las referencias a Lévy-Bruhl y Durkheim en Educación y lucha de clases, afirmó que Ponce aceptaba “con demasiada benevolencia” las tesis de los franceses y que “no es extraño que lo creyera en esa época, cuando no se habían puesto en claro el sentido de algunas corrupciones de la filosofía marxista” (1958, pp. 37-38).

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