DIMENSIONES PSICOSOCIALES DE LA PSICOLOGÍA LATINOAMERICANA: UTOPÍA, COMPROMISO Y COLABORACIÓN. ¿Quiénes son los bichos raros? Descargar este archivo (01 Dimensiones psicosociales PLationamericana - MCalviño.pdf)

Manuel Calviño

Facultad de Psicología, Universidad de La Habana

Resumen

El presente escrito se corresponde con la Conferencia Magistral de apertura del Encuentro latinoamericano de estudiantes de Psicología. El autor propone tres dimensiones psicosociales, que considera factores estratégicos en el desarrollo de la psicología latinoamericana: 1) La permanencia y defensa de las utopías; 2) El compromiso con la acción para su realización; 3) la colaboración como acción mancomunada de las diversidades en un fin común.

Palabras clave: psicosocial, psicología latinoamericana, compromiso, utopía

Abstract

This letter corresponds to the opening lecture of the Latin American Meeting of Psychology students. The author proposes three psychosocial dimensions, which consider strategic factors in the development of Latin American Psychology: 1) The permanence and defense of utopias; 2) Commitment to action for its realization; 3) collaboration as a joint action of diversities in a common goal.

Key words: Psychosocial, Latin American psychology, commitment, utopia

Nos ven como bichos raros”. Fue este el analizador que abrió las puertas a un intercambio, muy fructífero al menos para mí, que tuve con un grupo de jóvenes estudiantes de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana (precisamente el grupo gestor de un encuentro realizado en La Habana). Un intercambio que me hizo rememorar la función devaluadora de la norma-tipización (formal e informal). No me son ajenas esas y otras etiquetas al uso, ni la pésima práctica de etiquetar para diferenciar, violentar, subvalorar, excluir. “Porque queremos hacer cosas distintas, organizar encuentros, debatir lo que nos pasa, mirar a la psicología desde aquí, desde nuestra realidad… porque tenemos ganas y las echamos a andar” –dijeron aquellos muchachos, cuando les pregunté “¿Por qué bichos raros?”.

Vaya con la perversa forma dogmática, que no solo pretende devaluar al/lo distinto, sino desalentarlo hasta desarticularlo, para convertirlo en un normópata, o un neutrópata, que no es lo mismo pero es igual. Circunstancialmente, lo convierte hasta en enemigo, en una suerte de producto esquizo-antisocial (con lo que la profecía del “niño malo” se cumple). En fin, siempre habrá alguien (o algo) distinto, y siempre habrá quien tema, sufra, y hasta pierda el sueño porque existe la diversidad, porque existen los “bichos raros”… Bienaventurados que son, por cierto, porque de ellos, de esos “bichos raros”, está hecho el reino del futuro, el del pensamiento y el actuar creativos, el de la humanización de las relaciones cuasi-humanas que dominan hoy el panorama de nuestro continente.

Si fuera el único problema el del sufrimiento o la rabia del distinto, del “bicho raro”, bien que podríamos aceptar que ningún parto de lo nuevo ha sido sin estos costos, y muchos más. Sin embargo, cuando miramos más de cerca el asunto, la preocupación aumenta (digo, debería aumentar): la barricada contra los distintos, es un freno al desarrollo, que por suerte, es tan imperioso y determinante, que nada ni nadie puede pararlo, al menos en la perspectiva del tiempo. Costará más o costará menos, pero al final, se impone. Pero sí puede ser significativamente enlentecido, dilatado, pospuesto hasta el lugar en el que se corre el riesgo del olvido.

Obviar el hecho, de que el futuro, respecto al presente, siempre es disidente (por más que, sobre todo a los cubanos, no nos guste este término que ha sido secuestrado para denominar a los opositores políticos), produce como riesgo la inercia. Y la inercia es una forma de morir, creyéndose que se vive. Pero, repito, hay al menos una buena noticia, y claro una mala. Primero la mala: disentir, incluso afirmativamente, con afirmatividad crítica, tiene sus costos. Y grandes. Desde no estar en “la Gran Escena” (con todo lo que esto implica), hasta ser llamado “bicho raro”. Pero la buena es que toda disidencia que lleve en sí el germen del desarrollo, termina por imponerse, porque la vida humana no se permite el estancamiento… aunque sí el retroceso y el vaivén, pero la detención definitiva, no.

Ahora, esto, este avance, no se produce por sí solo, la ley dialéctica del cambio no es un motor en su condición de ley. Se produce porque los “bichos raros” están convencidos de que un futuro mejor es posible, pero sobre todo porque saben que hay que construirlo hoy. Porque el único futuro predecible, es el que se construye hoy. El asunto no es solo pensar, es sobre todo hacer.

Y sirva de ejemplo para seguir con la lógica de mi analizador, unos días después del referido encuentro con los estudiantes, recibí una foto tomada en el patio de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, en la que estaban juntos cuatro maestros del Nuevo cine latinoamericano, de la Nueva producción cultural latinoamericana: Tomás Gutierrez Alea, Fernando Birri, Gabriel García Márquez, y Julio García Espinosa. Al pie de la foto un texto que decía: “Los cuatro locos de la nave”.

Más de lo mismo. Una y otra vez. Siempre que hay un nacimiento, hay una persecución. Siempre que hay un deseo, una represión. Siempre que hay un intento de cambio, una resistencia. Pero sin “los locos de la nave”, los “bichos raros”, no tendríamos Cien Años de Soledad, Fresa y Chocolate, Las aventuras de Juan Quin Quín, Memorias del subdesarrollo, Tire die, Los Inundados, El amor en los tiempos del cólera, la teoría del Cine imperfecto, y todo lo que vino en avalancha creadora desde el espíritu de lo latinoamericano, propio, distinto, con olor y sabor a guayaba, tacos, feijoada, caldosa, en fin tantas cosas que nos dicen qué somos, quiénes somos, de dónde venimos, y nos ayudan a entender a dónde queremos ir. Cosas por las que no podemos renunciar a ser “bichos raros”, incluso a multiplicarnos como los panes y los peces, en una metáfora complaciente, pero esperanzadora.

En nuestra historia reciente, digo ahora en materia de psicología, Martín Baró fue un “bicho raro”, como lo fue Merani, como lo fue Fals Borda, Paulo Freire. Peor aún, de alguna manera, para el sistema institucional de formación dominante en nuestros excelentísimos centros académicos, siguen siendo “bichos raros”, solo que ahora como una suerte de “mal necesario” con el que hay que convivir, como las bacterias salutogénicas que existen en nuestro organismo… digo corporal, no institucional… aunque pensándolo bien, también institucional.

En una limitada experiencia empírica, solicité a más de una treintena de decanos y directores de carrera de Psicología de América Latina, que señalaran el porcentaje que ocupa la lectura de autores latinoamericanos en la formación de psicólogos y psicólogas en sus carreras. Apenas un 10% de los directivos referían que era de entre un 60 y un 80% (no más de esos volúmenes), siendo que el 82% señalaron un volumen de lectura de los autores nuestros inferior al 50%. Leemos lo que se produce fuera de nuestro continente.

Desde aquí, se hace coherente la idea de que la psicología que se hace en América Latina, (insisto en la necesidad práctica de la distinción entre “La psicología latinoamericana” y “La psicología en América Latina”) resulta predominantemente un calco (en las mejores y raras excepciones, una asimilación nacionalizada) de las lógicas, narrativas, e instrumentaciones de la(s) psicología(s) producidas en espacios foráneos, y reinstituye, en lo fundamental, la discursividad que la genera. Esta psicología no pasa de ser “una profesión importante, pero incapaz de generar su importancia social... un hacer necesario que no abarca a todos los que de él necesitan; un saber importante, pero un hacer pequeño” (Ana Bock).

Sin embargo, al preguntarles, a esos mismos directivos, en su percepción, qué volumen relativo de los trabajos de investigación, prácticas docentes, etcétera que hacen los estudiantes durante sus años de formación en su institución, están vinculados a problemáticas propias del territorio, la región, el país, el continente, en el que está ubicada, la respuesta descubrió que el 90% de los directivos afirma que más del 80% de los trabajos que se realizan están vinculados a las problemáticas latinoamericanas, sobre todo de su región, de su territorio específico.

Que interesante, a los “bichos raros” no se les lee. Solo lo hacen su pequeño grupo de fans, por lo general no institucionales. Pero aquello para lo que ellos hicieron psicología, parece sí acercarse más a tener alguna presencia. De modo que llegamos a una genial conclusión: Por no asumir a los “bichos raros”, atendemos algunos de los problemas reales y concretos de nuestras poblaciones con modelos teóricos y conceptuales que vienen de otros países y regiones, en especial del norte yanqui que se afana en aplicarnos la doctrina Monroe, o la Alianza para el Progreso, o el ALCA, ¡o los tanques! Pero que no cesa en sus realizaciones y pretensiones hegemónicas, hoy Trumpistas.

Ahora sí somos normales. Ahora sí entendemos la normalidad: Mirar con ojos de Skinner a las ratas de nuestros barrios insalubres (que por cierto, no son familia de las ratas blancas, bien alimentadas, de ojos cristalinos, con las que trabajaba Burrus); mirar con ojos de Maslow a los millones de latinoamericanos que viven por debajo de la franja de pobreza, y así poder convocarlos a autorrealizarse; mirar al Norte y desde el norte (sueño dorado de Ardila y muchos otros secuaces que hacen psicología en América Latina, no psicología latinoamericana, no con América Latina), mirar al norte y desde el Norte saber, entendernos y actuar a favor de nuestra gente… que no son del Norte, por más que las duras condiciones de vida lancen a muchos a ese destino no precisamente turístico.

La normalidad propuesta, parece ser entonces, como la civilización hegemónica que llama a los no amaestrables, a los no desilusionables de “bichos raros”. Esa civilización tan normal, al decir de Galeano, en la que “todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo”.

No nos cuadra”, me dijeron mis queridos raros. Y recordé un texto de Retamar: “Felices los normales, esos seres extraños…Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen”.

¿Qué están mostrándonos esos “bichos quijotescos” si pensamos en la producción subjetiva latinoamericana, en la construcción de una psicología latinoamericana, es decir una psicología desde América Latina, con América Latina, y para América latina? Unos como ansias, y no pocas realizaciones. Otros, algunos “bichos mayores” (de edad, obviamente) como realización y consolidación, sin perder las ansias, dialogan desde sus saberes y experiencias, y nos acercan a una reflexión imprescindible: No hay ni habrá una psicología anclada a las realidades de nuestros países, de nuestros pueblos, a las realidades históricas, sociales, económicas y políticas que vivimos, sin dimensionar estrategias y tácticas de acción y lucha profesional, sin definir vectores instituyentes de las prácticas, líneas al menos de deseo que identifiquen el sentido esencial de los y las profesionales de la psicología. Y esto es imposible sin, además de vivirlas, conocer las realidades de nuestros países, no desde nuestra condición de clase (o grupo social), sino desde el compromiso objetivo y sensible.

Convocado por el metálogo con los “bichos”, casi un “pie forzado” generoso y creativo –porque los dialogantes convinimos en que las ideas allí transitadas, seguirían camino hasta mi presentación (está que ahora hago)–. Me detendré, brevemente, al menos en tres dimensiones psicosociales, que aplican para la condición de “bichos” a quienes las asuman como suyas: 1) La permanencia y defensa de las utopías; 2) El compromiso con la acción para su realización; 3) La colaboración como acción mancomunada de las diversidades en un fin común.

La permanencia y defensa de las utopías

Seguramente fue la declaración del fin de la historia, y con ella de las utopías, quien instauró (y fue instaurada por) la hegemonía de las distopías. La utopía es lo que no es, lo que no existe. “No hay tal lugar”… ni habrá. La distopía, parece que sí existe, y es un lugar indeseable, que puede ser peor aún. Hoy la tendencia a creer en lo apocalíptico de lo que vendrá (más apocalíptico incluso que lo que ya existe) supera con creces las mejores obras de los utópicos. La ficción distópica gana adeptos y dinero: aunque los Avengers de Marvel en Infinity War siguen defendiendo el status quo, un mundo ya distópico se precipita a otro peor de la mano del resentido Thanos –Tanatos vence a Eros, con la anuencia del hombre unidimensional, diría Marcuse–, y logra romper todos los récords históricos de taquilla con ventas superiores a los mil millones en apenas 11 días. Las escasas ficciones utópicas son apenas melodramas con happy end alucinados que convencen a pocos, aunque incluyan algún que otro “bicho raro”… en el sentido literal del término, y hasta ganen premios.

Claro, dice el chihuahuense Solares (citado por Pacheco R. 2003) “… vivimos en un principio de siglo en que se nos acabaron las esperanzas, se nos acabaron las utopías y la fe. Entonces la desolación general es algo muy lastimoso, en especial para los jóvenes; se da este caos del salvaje que está instalado en la Casa Blanca, el caos que domina el mundo”. No son tiempos para las utopías.

En el camino de las distopías, los bichos raros, que no son los que desde aquí homenajeo y aliento, sino unas estrafalarias maquinarias alucinantes, altamente tecnologizadas, a las que no les basta con ser ricos, sino que quieren adueñarse del mundo, y esto está mal. ¿Por qué mal? Porque ¿a quién le van a arrebatar el mundo? ¿A los sin tierras? ¿A los desplazados? ¿A los millones de desempleados, hambrientos, desahuciados sociales? ¿A los que viven por debajo del umbral de pobreza, en franca miseria? No. Esos ya no tienen mundo.

El 45% de la riqueza del mundo, está en manos del 0,7% de la población, según el Global Welth Report (El Universal, 2015). La distribución por regiones de los individuos que tienen un patrimonio mayor que un millón de dólares, es así: 41 por ciento está en los Estados Unidos de Norteamérica, 10 por ciento en Japón, 9 por ciento en Francia, 6 por ciento en Italia, 5 por ciento en Reino Unido, otro 5 en Alemania, 4 por ciento en Canadá, 3 en China, al igual que en Australia (Portafolio, 2012). Si alguno de los presentes se propone formar parte de los favorecidos del mundo, a expensas de dejar afuera a los que tiene sentado a su lado, sepa que tendrá que lograr, aproximadamente, un ingreso mensual promedio de 63 000 usd. La psicología no es un buen camino.

Se habrán dado cuenta que América Latina no puntea aquí. ¿Por qué? Porque la distribución de la riqueza es más inequitativa aún, y por tanto el porcentaje de personas con mucho dinero es menor. Y si no, pregúntenle a Slim en México. América Latina es la región con mayor inequidad del mundo. “En 2014, el 10% más rico de la población de América Latina había amasado el 71% de la riqueza de la región… si esta tendencia continuara, dentro de solo seis años el 1% más rico de la región tendría más riqueza que el 99% restante” (Bárcena, Byanyima 2016). Se habla de los 186 millones de pobres de la región, algo más del 30% de la población, es decir de los 265 millones que vivimos en estas tierras. Se habla poco de que los 89 multimillonarios que existen en América Latina, con fortunas superiores a los mil millones de dólares, que suman un total de 439 mil millones de dólares, cifra mayor que el PIB de casi todos los países, representan solo el 0,00001424 de la población del continente. Es vergonzoso, indigno, inhumano.

Pero esta condición sostenida durante decenios, reproducida una y otra vez, multiplicada con el ejercicio del poder, ha llegado a conformar una subjetividad socialmente distrófica, como sacada de los menos alentadores resultados de Milgram: conformista, desilusionada, autocompasiva, resignada… creo que peor aún: indiferente. “La historia de la época moderna –dice Berman–, al menos al nivel de la mente, es la historia de un desencantamiento progresivo” (Berman, M. 1987, p.16).

Una subjetividad para la que las quimeras sociales son un delirio, y que parece decir “Esto no lo cambia nadie”. No quiere lo que tiene, pero tampoco tiene la ilusión de poderlo cambiar. Le falta La Utopía. Le falta entender (comprender, asumir, interiorizar) la función de la utopía. Otra vez con Galeano, imposible no recordarlo, tan preciso y clarificador: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Y, parafraseando a Martí: “Caminar (Andar, dice el Maestro) es el único modo de llegar”. Creo que fue Mariátegui quien sentenció: “Los pueblos capaces de la victoria fueron los pueblos capaces de un Mito multitudinario”. Una utopía compartida.

Es un asunto que ineluctablemente toca a los que hacemos, y queremos que se haga una psicología, para el bienestar y la felicidad de esa gran masa latinoamericana, lo que es solo posible si creemos en que una América Latina distinta es posible. Posible y necesaria. Necesaria y merecida.

Y eso se logra, no solo desde el encuadre ciudadano, sino también dentro del ejercicio profesional.

En alguna oportunidad insistí, y vuelvo sobre esto, en que la miseria, por solo tomar un ejemplo, es también, en toda su extensión, una realidad subjetivada, una representación naturalizada, que la asiste y la insiste, la produce y reproduce. Eliminar la miseria es solo posible si se favorece la emancipación de las subjetividades, la superación del coloniaje subjetivo, la erradicación de la colonización de las subjetividades.

Y para esto, necesitamos hacer una psicología que descubra la corrupción también en su dimensión de perversión psico-social, que emplace a la injusticia social y la des-construya porque es también un mecanismo de intoxicación subjetiva, que denuncie y genere alternativas sanas a la manipulación mediática, que des-psicologice la violencia, la drogadicción, como apenas problemas de personalidades fayucas, de familias subjetivamente disfuncionales, para entenderlas en sus dimensiones interconectadas de variables políticas, económicas, culturales, y también psicológicas.

Una psicología que sabe que el mejor modo de no querer algo, es querer otra cosa. No querer no es suficiente. Es indeterminado. Querer otra cosa es el primer paso de luchar por ella.

Y eso necesitamos, creer, querer, defender la utopía.

El compromiso con la acción para su realización

Una avalancha de rupturas conmovió la segunda mitad del siglo xx. Todo parecía indicar que desaparecerían los grandes pedestales de la modernidad. “Asistimos a una época de pérdida del horizonte de sentido de lo moderno; de relativización y deslegitimación (en filosofía, ciencia, arte, política) de las nociones fuertes del sentido del paradigma integrista moderno: tendencia etnocéntrica, optimismo histórico, orientación racionalista, discurso globalizador” (Ravelo, 1996, p.14).

El nuevo siglo entra con una notoria propuesta de ausencia, más aún, de negación al compromiso con el cambio, la transformación: “la renuncia a cualquier tentativa de formular un proyecto total de transformación de la realidad social” (Crespi, 1988, p.343). Se descalifican las intenciones transformadoras de cambio y la propia acción. Se afirma que los tiempos merecen sobre todo desconfianza, falta de fe. Da lo mismo que sea la dialéctica, o la lucha de clases. La historia ha muerto. “Por eso, tampoco hay razones para la acción, para el compromiso” (Ruffinelli, 1990, p.32).

Muchos dicen que el compromiso parece ser algo que ha pasado de moda. No solo en las prácticas sociales, profesionales, políticas, sino también en las prácticas cotidianas, en las relaciones interpersonales, en el desempeño de los roles cotidianos. Otros muchos no lo dicen, pero lo hacen. No solo no se comprometen. También se descomprometen, renuncian a los compromisos antes asumidos.

Los bichos raros a los que he hecho referencia, los articuladores de mi discurso de hoy, me dijeron “la gente no quiere involucrarse en estos procesos que suponen sacrificio, robarle tiempo a otras cosas, priorizar lo colectivo algunos, luego, cuando ya está todo hecho, participan, pero no se sienten implicados. Creo que es bueno precisar: el asunto no es de involucrarse, de implicarse. El asunto es de comprometerse.

En cualquier proceso social, institucional, comunitario, las personas, aún sin darse cuenta, sin “participar”, están involucradas e implicadas. La implicación trasciende las fronteras de la voluntad, incluso en la abstención. Es el efecto de la inevitable relación sujeto-situación. Es claro, tomemos las cosas como son. Por ejemplo, si no participamos como estudiantes, activamente, en la discusión de los Planes de desarrollo de la carrera, de la profesión, si somos (son) invitados, y renunciamos a estar, efectivamente no estamos comprometidos. Pero implicados sí. Porque cualquier cosa que se haga nos supone, nos afecta, porque somos parte de esa comunidad, y afectados para bien o para mal, de manera congruente o incongruente, con nuestras aspiraciones.

Una conocida parábola lo esclarece muy bien. La del Cerdo y la Gallina (la cubanizo un poco):

Un cerdo y una gallina que vivían en la misma granja se ponen a conversar sobre la necesidad de mejorar sus vidas. La gallina le dice al cerdo –“¿Qué te parece si abrimos un paladar, un restaurante privado…? Eso da dinero, y avanzamos en nuestra movilidad social” El cerdo analiza la propuesta por un momento, y le responde –"Me parece una buena idea. ¿Cómo sería el negocio?” “Justo –le dice la gallina–, la mitad de las ganancias para mí, y la otra mitad para ti”. “Bien, comenta el cerdo, y… ¿cómo se llamaría el restaurante?” La gallina contesta, –"Lo llamaremos 'Huevos con Bacon'?" –El porcino se pone muy serio y riposta: "Lo siento pero no, en ese negocio no voy… porque mi familia yo estaríamos comprometidos, pero tú y tu familia solamente involucrados"… (el huevo no es a la gallina, como el bacon al cerdo).

Comprometerse, como profesionales en formación o en ejercicio, es “arriesgar el pellejo”… (aunque no seamos cerdos). Es no solo estar, sino intervenir, accionar. Y no solo intervenir y accionar, sino hacerlo en una dirección clara y precisa, la que lleve al logro de lo que se quiere, de lo que se entiende como necesario, como facilitador de la emergencia de lo que se busca con las prácticas profesionales. En última instancia, de multiplicar la posibilidad de realización de la utopía, de dar al menos los “dos pasos” posibles.

Sin compromiso no hay cambio. El no compromiso es complicidad, por desaliento, por desilusión, o por desinterés. Pero al fin y al cabo, complicidad.

La idea del compromiso social de la psicología, eje central de las discursivas de la psicología latinoamericana, no es apenas asistir a los pobres, a los excluidos, a las víctimas de un orden injusto. Ayudarlos a movilizar los recursos propios para producir beneficios (bienestar) en esas condiciones. Lo que sin dudas es importante, pero no decisivo. “La supervivencia de la psicología … está ligada al respeto insobornable por la realidad y el análisis científico y socio-político que esta exige” (Alfredo Grande). Es sobre todo remontarse a las causas que han construido y construyen ese orden a nivel objetivo y a nivel subjetivo (simbólico, imaginario) para promover procesos que propendan a desarticularlas, eliminarlas, y buscar las formas autóctonas, propias, de instaurar nuevos órdenes con todos y para el bien de todos.

La pobreza, la exclusión, la injusticia, la inequidad, la limitación de acceso a la educación, a los servicios de salud, las prácticas hegemónicas, y todos los aledaños perversos, son las causas fundamentales, las causas instituyentes de la insanidad psicológica. La miseria objetiva es la causa predominante de los avatares de la producción de subjetividades alejadas de sus capacidades salutogénicas, de su despliegue pleno, de su realización humanizada (amén de los condicionantes ya conocidos y reconocidos por la psicología desde el siglo xix).

La psicología latinoamericana, decía Montero, “en lugar de ser un testigo de los procesos sociopolíticos que afectan al individuo ... es un medio para intervenir en las transformaciones sociales ... para producir respuestas a los problemas planteados por las relaciones sociales, económicas y políticas” (Maritza Montero).

La psicología latinoamericana se compromete a pensar desde el Sur, lo que “… demanda construir nuestro relato histórico remontando los orígenes y caracterizando la naturaleza de las contradicciones que sacuden nuestra contemporaneidad. Exige rescatar una tradición de pensamiento forjada en el proceso de lucha por la emancipación, entretejida a lo largo de un transcurrir secular… Por imperativos de la necesidad, aprendimos a pensar desde el Sur. Hacerlo ahora de manera consciente es exigencia impostergable” (Pogolotti, G. 2018).

Comprometernos con aquella mejor versión de la “crítica artista”, cuya condición de posibilidad viene dada por la experiencia indignante de la inautenticidad y la opresión, el desencantamiento y la deshumanización, y que esgrime la demanda cualitativa de la autonomía”. Pero comprometernos sobre todo con la “crítica social cuya condición es la experiencia de la explotación y la miseria, la desigualdad y el egoísmo, y que se articula a través de la demanda cuantitativa de la seguridad“ (Roggerone, 2018). En la unión de estas dos líneas de actuación se ubican “los bichos” como factores de cambio, de desarrollo, de construcción social.

La colaboración como acción mancomunada de las diversidades en un fin común

Todo lo dicho tiene una condición básica: la acción mancomunada, colaborativa, unificadora, de todos los actores de la psicología. Como dije antes, siguiendo a Mariategui: La utopía compartida. “Un bicho” en sí, no es más que un bicho. Una red (un grupo, una cooperativa, una integración) de “bichos”, es una condición de fuerza capaz de producir cambios. Una verdad axiomática.

Pero el problema no reside en estar de acuerdo con el precepto, sino en ponerse de acuerdo sobre la base del precepto. América Latina parece tener inoculada la tendencia a la atomización. Parece existir una cierta tendencia a la duda, el exceso de cautela, en el establecimiento de unidades de acción. “Realizaron la labor de desunir nuestras manos –dice Pablo Milanés–, y a pesar de ser hermanos nos miramos con temor”. El fantasma del poder, de la supremacía hegemónica, nos acompaña con una frecuencia que raya con lo obsesivo. Un líder natural es considerado un caudillo, un megalómano, un narcisista. El rumoreo devaluativo es una práctica con una presencia sospechosamente alta entre nosotros. Una cierta dificultad para poner los intereses colectivos por encima de los sentimientos individuales (incluso cuando los intereses coinciden), también tiene una presencia notoria entre nosotros.

Parece que nuestro sistema 1, por efecto de la historia de más de 500 años de dominación, tiene reforzada la tendencia a responder con más rapidez a percepciones de amenazas puramente simbólicas, que a percepciones de estímulos positivos (Kahneman, 2017). Esto significa que la palabra “poder” convoca a un alerta del sistema cerebral más intenso y rápido, que la palabra “colaboración”, y el nuestro parece estar dotado de una variable que multiplica tal diferencia cuando se trata de “los nuestros”, cumpliendo la profecía de que “bad is stronger than good” (lo malo es más fuerte que lo bueno… como sacado de la leyes de Murphy).

Lo mismo con la todavía pertinaz presencia del síndrome de IDUSA, como decía el Venezolano Salazar. La Ideología Dependiente de USA. Incluso a nivel institucional: somos mejor pagados y evaluados cuando publicamos en una revista yanqui, o estilo yanqui (con norma APA, en Scopus, etc.), que cuando lo hacemos en una autóctona. Aquello del “vino agrio” parece olvidado en nuestros centros universitarios.

Pero no hay fatalismo en mis palabras. Por el contrario, tengo la certeza de que los “bichos raros” quieren y pueden activar un sistema 2 propio, con modelos culturales propios; que quieren y pueden hacer lo suyo con los suyos, y no tener que sentirse “ajenos entre los suyos” y mucho menos “suyos entre los ajenos”.

Hay que construir –profundizar, multiplicar– una sensibilidad colectiva (al decir de Walter B.) Generar relaciones de unión, de cooperación, más allá de los fantasmas que todavía en buena parte nos pueblan. Hay que humanizar “...salir de la objetivación para afirmar la intencionalidad de todo ser humano y el primado del futuro sobre la situación actual. Es la imagen y representación de un futuro posible y mejor lo que permite la modificación del presente y lo que posibilita toda revolución y todo cambio ... el cambio es posible y depende de la acción humana” (Silo, 1994, p.81).


Estamos en mayo, un mes cargado de simbologías. Un mes de mayo nació Carlos Marx, “bicho raro” que revolucionó el mundo y despertó un movimiento emancipador que hasta nuestros días perdura. También en un mayo muy anterior, falleció Copérnico, “bicho raro” a quien le debemos una inversión paradigmática en extremado significativa a contra pelo de su época. En mayo Cervantes publica la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. También en un quinto mes del año las tropas de Sucre entraron en Quito luego de vencer en Pichincha; Una de las más revolucionadoras universidades en América Latina, la “bicho raro” San Marcos, es oficialmente fundada.

El primero de mayo de 1886, los obreros dijeron basta, y no dudaron en exigir un trato humano acordado, y no impuesto por los poderosos. Algunos fueron asesinados con sentencia, como el “bicho raro” Spies, quien al filo de su ejecución gritó: “la voz que vais a eliminar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Seguro pensaron los allí presentes, “vaya tontería”. Pero no. Su vaticinio utópico se cumplió.

El 17 de mayo de 1959, unos “bichos raros barbudos” convencidos de que la tierra es para quien la trabaja, promulgaron la Primera Ley de Reforma Agraria cubana, beneficiando a miles de campesinos pobres y explotados, dando condiciones de sustentación a la familia campesina cubana, que “por sus bajos ingresos solo el 11,22% tomaba leche; el 4% comía carne; el 3,36%, pan; el 2,2%, huevos y menos del 1%, pescado.” mientras que “los latifundios estadounidenses dominaban el 55% de la superficie total de la isla y el 48% del área de cultivo del azúcar estaba en manos de solo 13 de sus compañías” (Limia 2009).

Mayo del 69 está marcado por “El Cordobazo”, en Argentina, potente movimiento de “bichos raros” que se opusieron al modelo dictatorial, hegemónico. Un ejemplo que hasta hoy marca la fuerza de la resistencia, de la participación, que no son silenciables ni con las más terribles represiones de los poderosos, de las que basta con recordar “La matanza de la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco”, en México.

Más recientemente, bajo la presión de muchos “bichos raros”, un 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud, OMS, eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, otro hito en la lucha contra las hegemonías sexistas prejuiciales y condenatorias del libre derecho a la expresión de la sexualidad.

El día 3 de mayo de 1968 comenzaron las primeras revueltas en la Sorbona, abriendo el retumbar notorio de los jóvenes exigiendo un nuevo mundo, una nueva sociedad. Precisamente un 7 de mayo de aquel año imborrable, 30 000 “bichos raros” inundaron las calles del centro de París, demandado un espacio que permitiera la construcción de un futuro social más justo, humanista, creativo.

Los “bichos raros” una y otra vez, voces que reclaman, exigen, libertad, autonomía, cese de los hegemonismos, pero no solo para alcanzarlos, sino para desde allí construir un mundo más justo, más humanizado y humanizador. Los “bichos raros” que no quieren que hagan por ellos, sino hacer ellos mismos, ser constructores activos, transformadores, de su realidad, alejados de la anestesia política, social, mediática. Alejados de la neutralidad, de la pasividad, de la parálisis mental.

¿Quiénes son los bichos raros en psicología? Los que se niegan, nos negamos al hegemonismo epistemológico, cultural, conceptual de las psicologías emergidas fuera de nuestras realidades y de nuestras intencionalidades y compromisos. Los que no renunciamos a las utopías. Los que queremos andar y actuar juntos. Los que sabemos que “un sueño que se sueña solo, es solo un sueño. Pero un sueño que se sueña juntos, es realidad”.

Reescribamos nosotros, en los muros de nuestras actuaciones consecuentes, aquella frase repetida por “bichos raros” en el viejo mundo: “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”, “La novedad es revolucionaria, la verdad también”. Por eso, “seamos realistas: pidamos lo imposible”.

¡“Bichos raros” de toda la América Latina, uníos!

Referencias bibliográficas

Bárcena, A.; Byanyima, W. (2016). América Latina es la región más desigual del mundo. ¿Cómo solucionarlo? World Economic Forum. En: https://www.weforum.org/es/agenda/2016/01/america-latina-es-la-region-mas-desigual-del-mundo-asi-es-como-lo-solucionamos/ Recuperado 28 abril 2018.

Berman, M. (1987). El reencantamiento del mundo. Chile: Cuatro Vientos.

Crespi, F. (1988). Ausencia de fundamento y proyecto social. El pensamiento débil. Vattimo G., Rovatti P.A. eds. Madrid: Cátedra 349.

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